EL PESCADOR Y SU MUJER -9°-

EL PESCADOR Y SU MUJER


Había una vez un pescador que vivía con su mujer en una choza muy pobre, cerca del mar.

Todos los días, el hombre salía a pescar. Un día, mientras estaba sentado con su caña mirando el agua clara, sintió que algo picaba muy hondo. Cuando sacó el anzuelo, vio un hermoso rodaballo.

Entonces el pez le dijo al pescador: "Por favor, déjame vivir. No soy un rodaballo, sino un príncipe encantado. ¿Qué ganarás matándome? Mi carne no vale mucho. Devuélveme al agua y déjame seguir nadando".

"Bueno", dijo el hombre, "no tienes que decir tanto. ¡Un rodaballo que habla! ¡Claro que lo voy a soltar!". Y así diciendo, lo devolvió al agua clara. El rodaballo se hundió rápidamente, dejando una estela de sangre, y el pescador regresó a su cabaña, donde lo esperaba su mujer.

"Marido", le dijo ella al verlo entrar, "¿no has pescado nada?".

"Sí", respondió el hombre, "pesqué un rodaballo, pero como me dijo que era un príncipe encantado, lo volví a soltar".

"¿Y no le pediste nada?", replicó ella.

"No", dijo el marido, "¿qué iba a pedirle?".

"¡Ay!", exclamó la mujer. "Es terrible vivir siempre en esta choza asquerosa. Al menos podrías haberle pedido una casita. Anda, vuelve al mar y llámalo. Dile que nos gustaría tener una casita, seguro que nos la dará".

"¡Bah!", replicó el hombre. "¿Y ahora tengo que volver allí?".

"No seas así, hombre", insistió ella. "Ya que lo pescaste y lo soltaste, seguro que lo hará. ¡Anda, no te hagas rogar!".

Al hombre no le gustaba la idea, pero tampoco quería contrariar a su mujer, así que volvió a la playa.

Al llegar a la orilla, el agua ya no estaba tan clara como antes, sino verde y amarillenta. El pescador se acercó al agua y dijo:

"Solín solar, solín solar, pececito del mar. Belita, mi esposa, quiere pedirte una cosa".

Apareció el rodaballo y dijo: "¿Bien, qué quiere?".

"Pues mira", contestó el hombre, "ya que te pesqué hace un rato, mi mujer dice que debía haberte pedido algo. Está cansada de vivir en la choza y le gustaría tener una casita".

"Vuelve a casa", dijo el pez, "que ya la tiene".

Se fue el pescador y ya no encontró a su mujer en la choza miserable. En su lugar había una casita, y ella estaba sentada en un banco frente a la puerta. Cogiendo al marido de la mano, le dijo: "Entra. ¿Ves? Esto está mucho mejor".

Efectivamente, en la casita había un pequeño patio, una sala bonita, dormitorios con camas, cocina y despensa, todo bien provisto, con ollas y sartenes de estaño y latón, sin faltar nada. Y detrás había un corral con gallinas y patos, y un pequeño huerto con verduras y árboles frutales. "Míralo", dijo la mujer, "¿verdad que es bonito?".

"Cierto", asintió el marido, "así lo dejaremos. ¡Ahora sí que viviremos contentos!".

"¡Eso habrá que pensarlo!", replicó ella. Cenaron y se fueron a dormir.

Pasaron un par de semanas, y un día la mujer dijo: "Oye, marido, pensándolo bien, esta casita nos queda un poco pequeña, y el corral y el jardín son demasiado chicos. El rodaballo podría habernos regalado una casa más grande. Me gustaría vivir en un gran palacio, todo de piedra. Anda, ve a buscar al pez y pídele un palacio".

"¡Pero, mujer!", exclamó el pescador. "Esta casita ya es bastante buena. ¿Para qué queremos vivir en un palacio?".

"No seas así", insistió ella. "Ve a ver al rodaballo, a él no le cuesta nada".

"¡Que no, mujer!", protestaba el hombre. "El pez ya nos ha dado la casita, no puedo volver ahora, que a lo mejor se enfada".

"Te digo que vayas", insistió ella, "puede hacerlo y lo hará gustoso. Tú ve, no seas terco".

Al hombre le costaba mucho esto y se resistía. "No tiene sentido", se decía, pero al final fue.

Al llegar al mar, el agua tenía un color morado y azul oscuro, sucia y espesa. Ya no era verde y amarillenta como la vez anterior, pero la superficie estaba tranquila. El pescador se acercó al agua y dijo:

"Solín solar, solín solar, pececito del mar. Belita, mi esposa, quiere pedirte otra cosa".

Asomó el rodaballo y preguntó: "Bien, ¿y qué es lo que quieres?".

"¡Ay!", suspiró el hombre, "quiere vivir en un gran palacio, todo de piedra".

"Vuelve, te espera a la puerta", dijo el pez.

Se fue el hombre, creyendo regresar a su casa, pero al llegar se encontró ante un gran palacio de piedra. Su mujer, en lo alto de la escalinata, se disponía a entrar. Cogiendo su mano, le dijo: "Entra conmigo".

El hombre la siguió. El palacio tenía un vestíbulo enorme, con el suelo de mármol y muchos criados que se apresuraban a abrir las puertas altas. Todas las paredes brillaban y estaban cubiertas de tapices preciosos. En las salas había sillas y mesas de oro puro, con lámparas de cristal espléndidas colgando del techo. El suelo de todos los dormitorios y habitaciones estaba cubierto de alfombras ricas. Las mesas estaban llenas de comida y vinos buenos, y en la parte de atrás había un gran patio con establos, caballerizas y carruajes, todo de lo mejor. Tampoco faltaba un jardín grande y bonito, lleno de flores hermosas y árboles frutales, y un parque enorme de por lo menos media milla de largo, con corzos, ciervos, liebres y todo lo que se pudiera desear.

"¡Qué!", exclamó la mujer. "¿No te parece hermoso?".

"Sí", asintió el marido, "y así habrá de quedar. Viviremos en este bello palacio, contentos y satisfechos".

"Eso ya lo veremos", replicó la mujer, "lo consultaremos con la almohada". Y se fueron a dormir.

A la mañana siguiente, la esposa se despertó la primera. Acababa de amanecer y desde la cama se veía un paisaje precioso. El hombre se estiró y se desperezó, y ella, dándole con el codo, le dijo: "Levántate y asómate a la ventana. ¿Qué te parece? ¿No crees que podríamos ser reyes de todas esas tierras? ¡Anda, ve con tu rodaballo y dile que queremos ser reyes!".

"¡Bah, mujer! ¿Para qué queremos ser reyes? A mí no me apetece".

"Bueno", replicó ella, "pues si tú no quieres, yo sí. Ve a buscar al rodaballo y dile que quiero ser rey".

"Pero, mujer mía, ¿por qué te ha dado ahora por ser rey? Yo esto no se lo puedo decir".

"¿Y por qué no?", se enfurruñó la antigua pescadora. "Vas a ir inmediatamente. ¡Quiero ser rey!".

Se marchó el hombre cabizbajo, aturdido ante la pretensión de su esposa. "No tiene sentido", pensaba. Se resistía, pero con todo, fue.

Al llegar ante el mar, este era de un color gris negruzco, y el agua burbujeaba y olía mal. El hombre se acercó y dijo:

"Solín solar, solín solar, pececito del mar. Belita, mi esposa, quiere pedirte otra cosa".

"Bien, ¿qué quiere, pues?", preguntó el rodaballo.

"¡Ay!", respondió el hombre, "ahora quiere ser rey".

"Márchate, ya lo es", dijo el rodaballo.

Se alejó el hombre, y cuando llegó al palacio, este se había vuelto mucho mayor, con una torre alta y muy adornada. Ante la puerta había centinelas y muchos soldados con tambores y trompetas. Entró en el edificio y vio que todo era de mármol y oro puro, con tapices de terciopelo adornados con borlas de oro grandes. Se abrieron las puertas de la sala. Toda la Corte estaba reunida allí, y su mujer, sentada en un trono alto de oro y diamantes, con una gran corona de oro en la cabeza y sosteniendo en la mano un cetro de oro puro y piedras preciosas. A ambos lados del trono había seis damas de honor, cada una de ellas un poco más baja que la anterior. El marido se acercó y se quedó contemplando a su esposa un rato. Al cabo dijo:

"¡Vaya, pues no estás mal de rey! Ahora ya no querremos nada más".

"No, marido", replicó ella disgustada. "Ya se me hace largo el tiempo y me aburro. ¡No lo puedo resistir! Ve al rodaballo, y ya que soy rey, dile que quiero ser emperador".

"¡Pero, mujer!", protestó el hombre. "¿Y por qué quieres ser emperador?".

"Anda", ordenó ella, "vas a llamar al rodaballo. Me ha dado por ser emperador".

"Mira, mujer", insistió el marido, "él no puede hacer emperadores. Eso no se lo pido. Emperadores solo hay uno. ¡Te digo que no puede, vamos, que no puede!".

"¡Cómo!", exclamó la mujer. "Soy rey, y tú no eres más que mi marido. ¿Quieres ir o no? ¡Andando, y sin protestar! Si puede hacer reyes, lo mismo puede hacer emperadores, y yo quiero serlo. ¡Ve en seguida!".

No hubo más remedio, y el pobre hombre tuvo que volver a la playa, pero en su corazón sentía una gran angustia y pensaba: "Esto no puede continuar así. ¡Emperador! Es demasiado atrevimiento, al fin, el rodaballo se cansará".

Y llegó al mar, el cual aparecía negro y espeso, y sus aguas empezaban a escupir espuma en la superficie y a burbujear. Soplaba, además, un viento huracanado que lo agitaba terriblemente. El hombre sintió un escalofrío, pero se acercó al agua y dijo:

"Solín solar, solín solar, pececito del mar. Belita, mi esposa, quiere pedirte otra cosa".

"Bien, ¿qué quiere, pues?", dijo el rodaballo.

"¡Ay, amigo pez!", respondió él, "mi mujer quiere ser emperador".

"Puedes marcharte", replicó el pez, "que ya lo es".

Volvió el hombre y se encontró con un palacio de mármol brillante, con estatuas de alabastro y adornos de oro. Ante la puerta, los soldados marchaban en formación al son de tambores y trompetas. En el interior del palacio iban y venían barones, condes y duques como si fueran criados, abriéndole las puertas de oro reluciente. Al entrar vio a su mujer en un trono, todo él de oro y como media legua de alto. Llevaba una corona enorme, también de oro, de tres codos de altura, toda ella incrustada de brillantes. En una mano sostenía el cetro y en la otra el globo imperial. A ambos lados formaban los alabarderos en dos filas, y sus tamaños disminuían progresivamente, desde un gigante altísimo que bien alcanzaría media legua hasta un enano pequeñísimo, apenas más grande que el dedo meñique. ¡Y príncipes y duques, a montones! Se acercó el marido y, colocándose entre todos aquellos personajes, dijo: "Mujer, ya eres emperador".

"Sí", respondió ella, "soy emperador". Lo examinó detenidamente durante largo rato y, al cabo, exclamó:

"¡Ah, mujer mía, qué bien te sienta ser emperador!".

"Marido", replicó ella, "¿qué haces aquí parado? Soy emperador, pero ahora quiero ser Papa. Así que ya estás yendo a ver a tu rodaballo".

"¡Pero, mujer!", protestó el hombre. "¿Es que quieres serlo todo? Papa es imposible, Papa solo hay uno en toda la Cristiandad. No hay que pedir cosas imposibles, eso no lo puede hacer el pez".

"Marido", dijo ella, "quiero ser Papa. Ve sin replicar, que quiero serlo hoy mismo".

"No, esposa mía", insistió el hombre, "esto no se lo puedo pedir. Ya es demasiado, el rodaballo no puede hacerte Papa. ¡No digas tonterías!", replicó la mujer. "Si puede hacer emperadores, bien podrá hacer Papas. Anda, que yo soy emperador y tú eres mi marido. ¿Te atreves a negarte?".

El pobre marido, atemorizado, partió. Se sentía desfallecido, temblaba como un azogado, le vacilaban las piernas y se le doblaban las rodillas. Un viento huracanado azotaba el país, volaban las nubes en el cielo y una oscuridad de noche lo invadía todo. Las hojas se escapaban arrancadas de los árboles, y las olas del mar se encrespaban con un estrépito de hervidero, estrellándose contra la orilla. A lo lejos se veían barcos que disparaban cañonazos pidiendo socorro, saltando y brincando a merced de las olas. No obstante, en el centro del cielo aparecía aún una mancha azul, rodeada de nubes rojas, como cuando se acerca una terrible borrasca. El hombre se acercó lleno de espanto y, con voz angustiada, dijo:

"Solín solar, solín solar, pececito del mar. Belita, mi esposa, quiere pedirte otra cosa".

"Bien, ¿qué quiere, pues?", dijo el rodaballo.

"¡Ay!", respondió el hombre. "¡Quiere ser Papa!".

"Vete, que ya lo es", replicó el pez.

Se marchó el pescador, y al llegar se encontró ante una gran iglesia rodeada de palacios. Abriéndose camino entre la multitud, vio que el interior estaba iluminado por miles y miles de velas, y que su mujer estaba toda vestida de oro, sentada en un trono aún mucho más alto, con tres coronas de oro en la cabeza y rodeada de muchísimos obispos y cardenales. A ambos lados tenía dos hileras de velas: la mayor, gruesa y alta como una torre; la menor, como una velita de cocina. Y todos los emperadores y reyes, arrodillados, le besaban la sandalia.

"Mujer", dijo el hombre después de contemplarla, "¡ya eres Papa!".

"Sí", dijo ella, "soy Papa".

Él se acercó más y la miró detenidamente, y le pareció que estaba viendo el sol. Al cabo de un buen rato de contemplarla, exclamó: "¡Ay, mujer! ¡Qué bien te sienta ser Papa!".

Pero ella permanecía rígida, tiesa como un árbol, sin hacer el menor movimiento. Dijo él entonces: "Estarás satisfecha, puesto que eres Papa, ya no te queda más que desear".

"Esto me lo pensaré", replicó ella. Y se fueron a la cama, pero la mujer no estaba aún contenta. La ambición no la dejaba dormir y no hacía sino pensar qué más podría ser aún.

En cambio, el marido durmió profundamente, cansado de tanto ir y venir. Su esposa se pasó la noche revolviéndose en la cama sin pegar ojo, siempre pensando qué podría ser todavía, y sin encontrar nada. Llegó el alba, y al ver las primeras luces, la mujer se incorporó en la cama y clavó la mirada en el horizonte. Y al ver cómo el sol despuntaba y ascendía en el cielo, pensó de repente: "¡Ah! ¿No podría yo también hacer que salieran el sol y la luna?".

"Marido", dijo, dándole con el codo, "levántate y vete a ver al rodaballo. Quiero ser como Dios Nuestro Señor".

El hombre, que dormía profundamente, se asustó tanto que se cayó de la cama. Pensando que había oído mal, preguntó, frotándose los ojos: "¿Qué estás diciendo, mujer?".

"Marido", contestó ella, "eso de que no pueda hacer salir el sol y la luna, no voy a soportarlo. Ya no tendré ni un momento de descanso, siempre pensaré que hay algo que no puedo hacer". Y le dirigió una mirada tan furiosa que el hombre sintió un escalofrío. "¡Ve en seguida!", le ordenó, "quiero ser como Dios Nuestro Señor".

"¡Pero, mujer!", suplicó él, cayendo de rodillas, "esto no puede hacerlo el rodaballo. Emperador y Papa, pase. Te lo ruego, ¡conténtate con ser Papa!".

La ira se apoderó de ella. Agitando salvajemente el cabello, se puso a gritar: "¡Yo no aguanto esto! No lo aguanto ni un momento más. ¿Quieres ir o no?".

El hombre se puso los pantalones y se precipitó a la calle como loco. Afuera arreciaba la tempestad con tal fuerza que apenas podía mantenerse en pie. El viento derribaba las casas y arrancaba los árboles de raíz. Temblaban las montañas y las rocas caían al mar. El cielo era negro como la como la pez estallaban rayos y truenos, y elevábanse altas olas como campanarios, coronadas de blanca espuma. El hombre se puso a gritar, sin que él mismo pudiera oír su voz:

"Solín solar, solín solar, pececito del mar. Belita, mi esposa, quiere pedirte otra cosa".

"Bien, ¿qué quiere, pues?", dijo el rodaballo.

-Bien, ¿qué quiere, pues?

¡Ay!-exclamó él. ¡Quiere ser como Dios Nuestro Señor!


Vete ya, la encontrarás en la choza.


Y allí siguen todavía.



 

 

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