YORINDA Y YORINGUEL -34°-

 

YORINDA Y YORINGUEL


 

Había una vez un castillo viejo, escondido en lo más profundo de un bosque grande y denso. Allí vivía sola una bruja anciana. De día se convertía en gato o en lechuza, y cuando llegaba la noche volvía a ser mujer. Tenía el poder de atraer a todo tipo de pájaros y animales salvajes, que eran su comida.

Cualquiera que se acercaba al castillo a menos de cien pasos se quedaba parado, sin poder moverse hasta que ella lo permitía. Y si una joven entraba en ese círculo mágico, la bruja la transformaba en pájaro, la metía en una cesta y la guardaba en una habitación del castillo. ¡Debía de tener como siete mil cestas llenas de pájaros!

Por aquel tiempo vivía una joven llamada Yorinda, más guapa que ninguna. Estaba prometida con un chico muy apuesto también, llamado Yoringuel. Estaban muy enamorados y lo que más les gustaba era estar juntos. Un día, para poder hablar solos, se fueron a pasear por el bosque.

"¡Ten cuidado!", le dijo Yoringuel, "¡no te acerques demasiado al castillo!".

Era una tarde preciosa. El sol brillaba entre las ramas de los árboles, iluminando el verde del bosque, y una paloma torcaz cantaba tristemente desde lo alto de un viejo árbol.

De repente, a Yorinda se le llenaron los ojos de lágrimas. Se sentó al sol y empezó a llorar, y Yoringuel también lloraba. Los dos sentían una angustia extraña, como si supieran que la muerte estaba cerca. Miraban a su alrededor, confundidos, y no sabían cómo volver a casa. El sol se estaba escondiendo; solo se veía la mitad del círculo por encima de la montaña cuando Yoringuel, mirando entre las plantas, vio a poca distancia la vieja muralla del castillo.

Aterrorizado, sintió una angustia terrible, mientras Yorinda cantaba:

"Mi pajarito del anillo rojo canta tristeza, tristeza, tristeza. Canta la muerte a su pollito, canta tristeza, tirit, tirit, tirit!".

Yoringuel se giró para mirar a Yorinda. La joven se había convertido en un ruiseñor y cantaba: "¡Tirit, tirit!". Una lechuza con ojos brillantes pasó volando tres veces por encima de sus cabezas, gritando cada vez: "¡Uh, uh, uh, uh!". Yoringuel no podía moverse; se sentía como si fuera de piedra, sin poder llorar, ni hablar, ni mover las manos ni los pies.

El sol terminó de desaparecer, la lechuza voló a un arbusto, e inmediatamente salió de entre las hojas una vieja encorvada, flaca y pálida, con ojos grandes y rojos y una nariz ganchuda que casi tocaba su barbilla puntiaguda. Gruñendo, cogió al ruiseñor y se lo llevó. Yoringuel no podía decir ni una palabra ni moverse del sitio; el ruiseñor había desaparecido.

Finalmente, volvió la bruja y, con voz ronca, dijo:

"¡Hola, Zaquiel! Cuando la lunita brille en su cestita, desata, Zaquiel, en buena hora".

Y Yoringuel quedó libre del hechizo. Cayó de rodillas a los pies de la vieja y le suplicó que le devolviera a su Yorinda. Pero ella le respondió que nunca más la volvería a ver y desapareció. El muchacho lloró, gritó y se lamentó, pero todo fue en vano. "¿Qué voy a hacer?", se decía. Anduvo sin rumbo y, al final, llegó a un pueblo desconocido donde vivió mucho tiempo trabajando como pastor de ovejas. A menudo iba a los alrededores del castillo, pero nunca se atrevía a acercarse demasiado.

Una noche soñó que encontraba una flor roja como la sangre, con una perla grande y hermosa en el centro. Arrancó la flor y fue con ella al castillo. Todo lo que tocaba con la flor se desencantaba al instante; al final, también recuperaba a su Yorinda.

Al levantarse por la mañana, se puso a buscar por montes y valles la flor que había soñado, hasta que, al amanecer del noveno día, la encontró. Tenía en el centro una gota de rocío grande y hermosa como una perla. La cortó y la llevó hasta el castillo. Cuando llegó a cien pasos, no se quedó paralizado, sino que pudo seguir hasta la puerta. Contentísimo, tocó la puerta con la flor y esta se abrió de golpe. Atravesó el patio, aguzando el oído para encontrar la habitación de los pájaros, y al final los oyó. Al entrar, se encontró con la bruja, que estaba dando de comer a los pájaros encerrados en las siete mil cestas.

Al ver a Yoringuel, la vieja se enfureció muchísimo y empezó a gritarle y a escupirle rabia y veneno, pero no podía acercársele a más de dos pasos. Él, sin hacerle caso, se dirigió a las cestas que contenían los pájaros. Pero, entre tantos cientos de ruiseñores, ¿cómo iba a reconocer a su Yorinda? Mientras seguía buscando, vio que la vieja se llevaba una cesta disimuladamente y se dirigía hacia la puerta. Yoringuel se lanzó sobre la bruja, tocó la cesta con la flor y, al mismo tiempo, a la mujer. Al instante, ella perdió todo su poder de brujería, y Yorinda apareció, tan hermosa como antes, y se abrazó a él. Entonces él liberó a todas las demás jóvenes transformadas en pájaros y, con Yorinda, regresaron a su casa, donde vivieron muchos años muy felices.

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