LOS TRES FAVORITOS DE LA FORTUNA -29°-

 

LOS TRES FAVORITOS DE LA FORTUNA


 

Un padre llamó un día a sus tres hijos y les dio un regalo a cada uno: al primero, un gallo; al segundo, una guadaña; y al tercero, un gato.

"Ya estoy viejo", les dijo, "me voy a morir pronto, y antes de dejarlos he querido asegurar su futuro. No tengo dinero, y lo que les doy ahora quizás les parezca de poco valor; pero todo depende de cómo lo usen. Que cada uno busque un país donde estas cosas no se conozcan, y así harán su fortuna".

Después de que murió el padre, el hijo mayor se fue con su gallo. Pero dondequiera que llegaba, el animal era conocido. En las ciudades lo veía desde lejos en lo alto de las torres de las iglesias, girando con el viento; y en los pueblos lo oía cantar. Su gallo no llamaba la atención y no parecía que le fuera a traer mucha suerte.

Finalmente, llegó a una isla cuyos habitantes nunca habían visto un gallo y que tampoco sabían cómo medir el tiempo. Distinguían la mañana de la tarde, pero por la noche, cuando dormían, nunca sabían qué hora era.

"Miren", les dijo él, "este hermoso animal tiene una cresta roja en la cabeza y unas espuelas en las patas como un caballero. Por la noche les cantará tres veces a una hora fija, y cuando cante por última vez, querrá decir que ya va a salir el sol. Y cuando cante durante el día, prepárense, porque seguro que va a cambiar el tiempo".

A esas personas les gustaron las cualidades del gallo, y pasaron una noche sin dormir, comprobando con mucha alegría que anunciaba la hora a las dos, las cuatro y las seis. Entonces le preguntaron al joven si quería venderles el ave y cuánto pedía por ella.

"El oro que pueda cargar un burro", les respondió.

"¡Es muy poco para un animal tan valioso!", dijeron todos los isleños, y gustosos le dieron por el gallo lo que pedía.

Cuando el joven regresó a su casa con su fortuna, sus dos hermanos se quedaron asombrados. El segundo dijo: "Pues ahora me voy yo, a ver si consigo ganar tanto dinero con mi guadaña".

No parecía probable, ya que en todas partes encontraba campesinos que llevaban la guadaña al hombro, igual que él. Finalmente, también llegó a una isla cuyos habitantes no conocían la guadaña. Cuando el trigo estaba maduro, llevaban cañones a los campos y lo destrozaban a cañonazos. Pero era una manera muy imprecisa, porque algunas bombas pasaban demasiado alto, otras daban contra las espigas en lugar de los tallos, y se perdía mucha cosecha. Y además, el ruido era ensordecedor.

El joven extranjero se adelantó y empezó a segar silenciosamente y tan rápido que la gente se quedaba boquiabierta al verlo. Dijeron que querían comprarle la herramienta al precio que pidiera, y así recibió un caballo cargado con todo el oro que pudo transportar.

Le tocó el turno al tercer hermano, que se fue con la idea de sacar el mayor provecho posible de su gato. Le pasó como a los otros dos; mientras estuvo en el continente no pudo conseguir nada, porque en todas partes había gatos, tantos que la mayoría de los gatitos los ahogaban al nacer. Pero al final se embarcó y llegó a una isla donde, para su suerte, nadie había visto un gato. Los ratones andaban por allí como si estuvieran en su casa, bailando encima de mesas y bancos, tanto si el dueño estaba como si no. Los isleños estaban hartos de esa plaga, y ni el propio rey sabía cómo librarse de ella en su palacio. En todas las esquinas se veían ratones silbando y royendo todo lo que alcanzaban con sus dientes. Pero entonces apareció el gato, y en un abrir y cerrar de ojos limpió varias habitaciones de ratones. Los habitantes le suplicaron al Rey que comprara ese animal tan maravilloso para el bien del país. El Rey pagó gustoso lo que le pidió el dueño, que fue una mula cargada de oro. Y así, el tercer hermano regresó a su pueblo aún más rico que sus dos hermanos.

En el palacio, el gato se daba la gran vida con los ratones, matando tantos que nadie podía contarlos. Finalmente, sintió sed, porque estaba acalorado por tanto trabajo. Se quedó un momento parado, levantó la cabeza y gritó: "¡Miau, miau!". Al oír ese rugido extraño, el Rey y todos sus cortesanos se aterrorizaron y, llenos de pánico, huyeron del palacio. En la plaza, el Rey reunió a sus consejeros para decidir qué hacer. Al final, decidieron enviar un mensajero al gato para ordenarle que abandonara el palacio, advirtiéndole que si no lo hacía, usarían la fuerza.

Los consejeros dijeron: "Preferimos la plaga de los ratones, que es un mal conocido, a dejar nuestras vidas a merced de un monstruo así". Enviaron a un paje a pedirle al gato que se fuera del palacio por las buenas, pero el animal, cuya sed aumentaba, solo respondió: "¡Miau, miau!", entendiendo el paje "¡No y no!". Corrió a darle la respuesta al Rey. "En este caso", dijeron los consejeros, "tendrá que ceder ante la fuerza".

Trajeron la artillería y dispararon contra el castillo con bombas incendiarias. Cuando el fuego llegó a la sala donde estaba el gato, este se salvó saltando por una ventana. Pero los que atacaban no dejaron de disparar hasta que todo el castillo quedó reducido a un montón de escombros.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Introducción A Los Cuentos De Los Hermanos Grimm -1°

LOS SIETE CUERVOS -28°-

LOS TRES PAJARILLOS -30°-