LA OCA DE ORO -7°-

LA OCA DE ORO


 

 

Un hombre tenía tres hijos. Al más pequeño lo llamaban El Zoquete, y todos lo despreciaban y se burlaban de él.

Un día, el hijo mayor quiso ir al bosque a cortar leña. Su madre le preparó una torta de huevos muy rica y una botella de vino para que no tuviera hambre ni sed. Al llegar al bosque, se encontró con un hombrecillo de pelo gris y muy viejo que lo saludó amablemente y le dijo:

"Dame un pedacito de tu torta y un sorbo de tu vino. Tengo hambre y sed".

El hijo listo respondió: "Si te doy de mi torta y de mi vino, apenas me quedará para mí. Sigue tu camino y déjame". Y el viejo se quedó allí y siguió adelante. El joven se puso a cortar un árbol, pero al poco rato dio un mal golpe con el hacha y se le clavó en el brazo. Tuvo que volver a casa para que lo curaran. Así pagó su mala acción con el hombrecillo.

Luego fue el segundo hijo al bosque, y su madre también le dio una torta y una botella de vino. También se encontró con el viejecito gris que le pidió un pedazo de torta y un trago de vino. Pero el segundo hijo también le contestó con desprecio:

"Lo que te diera me lo quitaría a mí. ¡Sigue tu camino!". Y dejando al anciano allí, se fue. El castigo no tardó en llegar. Apenas había dado un par de hachazos a un tronco cuando se hirió en una pierna, y tuvieron que llevarlo a casa.

Entonces El Zoquete dijo: "Padre, déjame ir al bosque a buscar leña".

"Tus hermanos se han lastimado", le contestó el padre. "No te metas tú en eso, que no entiendes nada". Pero el chico insistió tanto que al final su padre le dijo: "Vete, pues, si te empeñas. A fuerza de golpes aprenderás".

La madre le dio una torta hecha con agua y cocida en las cenizas, y una botella de cerveza agria. Cuando llegó al bosque, también se encontró con el hombrecillo gris, que lo saludó y le dijo:

"Dame un poco de tu torta y un trago de lo que llevas en la botella, porque tengo hambre y sed".

"Solo llevo una torta cocida en la ceniza y cerveza agria", le respondió El Zoquete. "Si te conformas, sentémonos y comamos".

Y se sentaron. Cuando el joven sacó la torta, resultó ser un magnífico pastel de huevos, y la cerveza agria se había convertido en un vino excelente.

"Como tienes buen corazón y eres generoso, te daré suerte. ¿Ves aquel viejo árbol de allí? Pues córtalo; encontrarás algo en la raíz". Y con estas palabras, el hombrecillo se despidió.

El Zoquete fue al árbol y lo taló a hachazos. Al caer, apareció en la raíz una oca de plumas de oro puro. Se la llevó consigo y entró en una posada para pasar la noche. El dueño tenía tres hijas que, al ver la oca, sintieron mucha curiosidad y desearon tener una de sus plumas de oro.

La mayor pensó: "Seguro que encontraré una oportunidad para arrancarle una pluma". Y en un momento en que el muchacho salió de su cuarto, sujetó la oca por un ala, pero sus dedos y su mano se quedaron pegados a ella.

Pronto llegó la segunda, con la idea de llevarse también una pluma de oro. Pero apenas tocó a su hermana, se quedó pegada a ella. Finalmente, fue la tercera con la misma intención, y las otras le gritaron: "¡Apártate, por Dios! ¡Apártate!". Pero ella, sin entender por qué debía apartarse y pensando que si sus hermanas estaban allí, ella también podía estarlo, se acercó y, apenas tocó a la segunda, quedó también atrapada sin poder soltarse. Y así tuvieron que pasar la noche pegadas a la oca.

A la mañana siguiente, El Zoquete, cogiendo el animal bajo el brazo, se fue a su casa sin preocuparse de las tres muchachas, que lo seguían quisieran o no, caminando de lado según lo llevaban a él las piernas. En medio del campo se encontraron con el señor cura, quien, al ver el grupo, dijo: "¿No les da vergüenza, descaradas, correr así detrás de este joven en un lugar despoblado? ¿Les parece decente?".

Y sujetó a la menor por la mano con intención de separarla, pero apenas la tocó, quedó también enganchado y tuvo que participar en la carrera.

Poco después pasó el sacristán, y al ver al señor cura siguiendo a las muchachas, sorprendido dijo: "¿Y pues, señor cura, adónde va tan de prisa? ¿Se ha olvidado de que hoy tenemos un bautizo?". Y corriendo hacia él, lo cogió de la manga, quedando también sujeto.

Así, trotando los cinco, se encontraron con dos campesinos que, con sus azadones al hombro, volvían del campo. El cura los llamó, pidiéndoles que lo desengancharan a él y al sacristán, pero apenas tocaron los hombres a este último, ¡quedaron también atrapados! Y ya eran siete los que corrían detrás de El Zoquete y su oca.

Poco después llegaron a una ciudad cuyo rey tenía una hija tan seria y triste que nadie había logrado hacerla reír. Por eso el Rey había anunciado que daría la mano de la princesa al hombre que fuera capaz de hacerla reír.

Al enterarse de ello, El Zoquete, arrastrando a todo su séquito, se presentó ante la hija del Rey. Al ver ella esa fila de siete personas corriendo sin parar una tras otra, se echó a reír tan fuerte y con tanto gusto que no podía parar de carcajearse. Entonces El Zoquete la pidió por esposa.

Pero al Rey no le gustaba ese yerno y puso toda clase de objeciones. Al final, le dijo que antes debía traerle a un hombre capaz de beberse todo el vino que cabía en la bodega del palacio. El joven pensó en su hombrecillo del bosque y fue a pedirle ayuda. Y en el mismo lugar donde había cortado el árbol vio sentado a un individuo con cara de tristeza.

El Zoquete le preguntó el motivo de su pena, y el otro le contestó: "Sufro una sed terrible que no puedo calmar de ninguna manera. No puedo con el agua fría, y aunque me he bebido todo un tonel de vino, ¿qué es una gota sobre una piedra ardiente?".

"Yo puedo arreglar esto", le dijo el joven. "Ven conmigo y te prometo que beberás hasta reventar".

Y así diciendo, lo llevó a la bodega real, donde el hombre empezó a beber de las grandes cubas hasta que le dolían las caderas. Antes de que terminara el día, había vaciado toda la bodega.

El Zoquete volvió a reclamar a su novia, pero el Rey, enojado al pensar que un muchacho al que todos tenían por tonto se llevaría a su hija, le puso una nueva condición. Antes debía encontrar a un hombre capaz de comerse una montaña de pan.

El joven no lo pensó mucho y fue directamente al bosque. En el mismo lugar que antes, encontró a un hombre apretándose el cinturón y que, con cara de pena, le dijo: "Me he comido toda una hornada de pan, pero ¿qué es esto para un hambre como la que yo tengo? Mi estómago sigue vacío y no me queda más remedio que apretarme el cinturón para no morir de hambre".

El Zoquete le dijo, muy contento: "Ven conmigo y te vas a hartar".

Y lo llevó a la corte del Rey, quien había mandado reunir toda la harina del reino y cocer con ella una enorme montaña de pan. El hombre del bosque se puso delante de ella, empezó a comer y, al ponerse el sol, aquella enorme montaña había desaparecido.

Por tercera vez reclamó El Zoquete a la princesa, pero el Rey, buscando todavía excusas, le exigió que le trajera un barco capaz de ir por tierra y por agua.

"En cuanto llegues navegando en él", le dijo, "mi hija será tu esposa".

Nuevamente se dirigió el muchacho al bosque, donde lo esperaba el viejo hombrecillo gris con quien había compartido su torta, y que le dijo: "Por ti he comido y bebido, y ahora te daré el barco. Todo esto lo hago porque fuiste compasivo conmigo".

Y le dio el barco que iba por tierra y por agua. Cuando el Rey lo vio, ya no pudo negarse a entregarle a su hija. Se celebró la boda, y a la muerte del Rey, El Zoquete heredó la corona y durante largos años vivió feliz con su esposa.

 


 



 

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