LA HIJA DE LA VIRGEN MARÍA -21°-

 

LA HIJA DE LA VIRGEN MARÍA


 


Al borde de un gran bosque vivían un leñador, su esposa y su única hija, una niña de tres años. Eran tan pobres que no tenían ni para comer todos los días y no sabían qué darle a su hijita. Una mañana, el leñador fue a trabajar al bosque, y mientras cortaba leña, muy preocupado, se le apareció una señora hermosísima con una corona de estrellas brillantes en la cabeza. Ella le dijo:

"Soy la Virgen María, la madre del Niño Jesús. Eres pobre y necesitas ayuda, tráeme a tu pequeña. Me la llevaré conmigo, seré su madre y la cuidaré".

El leñador obedeció, fue a buscar a su hija y se la entregó a la Virgen María, quien volvió al cielo con ella. A la niña le iba muy bien: comía mazapán, bebía leche dulce, sus vestidos eran de oro y los angelitos jugaban con ella. Cuando tuvo catorce años, la Virgen la llamó un día y le dijo:

"Hija mía, tengo que hacer un viaje muy largo. Aquí tienes las llaves de las trece puertas del Cielo; tú las guardarás. Puedes abrir doce y ver las maravillas que hay dentro, pero la puerta número trece, la de esta llavecita, no debes abrirla. ¡Ten cuidado de no hacerlo, porque te ocurriría algo muy malo!".

La muchacha prometió obedecer, y cuando la Virgen se fue, empezó a visitar los cuartos del reino de los Cielos. Cada día abría una puerta diferente hasta que abrió las doce. En cada cuarto había un apóstol rodeado de una luz brillante. La niña nunca había visto algo tan bonito y valioso. Estaba muy contenta, y los angelitos que siempre estaban con ella compartían su alegría.

Pero llegó el momento de la puerta prohibida. La niña tenía mucha curiosidad por saber qué había detrás y les dijo a los angelitos:

"No voy a abrirla del todo ni voy a entrar. Solo la abriré un poquito para que podamos mirar por la rendija".

"¡Oh, no!", exclamaron los ángeles. "Sería un pecado. La Virgen María lo ha prohibido y podría pasarte algo malo".

La niña se calló, pero su curiosidad seguía creciendo y no la dejaba tranquila. Cuando los angelitos se fueron, pensó: "Ahora que estoy sola, puedo echar una miradita; nadie lo sabrá". Fue a buscar la llave, la metió en la cerradura y la giró. La puerta se abrió de golpe y apareció la Santísima Trinidad, sentada entre fuego y una luz muy brillante. La niña se quedó un momento mirando asombrada esa gloria. Luego tocó ligeramente la luz con el dedo y este se le quedó dorado. Entonces sintió miedo, cerró la puerta de golpe y salió corriendo. Pero esa angustia no la abandonaba y su corazón latía muy fuerte, como si no quisiera calmarse nunca. Además, el oro se le había pegado al dedo y no se quitaba por más que lo lavaba y frotaba.

Poco después, regresó la Virgen María. Llamó a la muchacha y le pidió las llaves del Cielo. Al darle la niña el manojo de llaves, la Virgen la miró a los ojos y le preguntó: "¿No has abierto la puerta número trece?".

"No", respondió la muchacha.

La Virgen le puso la mano en el corazón, sintió que latía muy fuerte y comprendió que la niña no había obedecido. Volvió a preguntarle:

"¿De verdad que no lo has hecho?".

"No", repitió la niña.

La Virgen vio entonces el dedo dorado por tocar la luz del cielo y ya no dudó de que la muchacha había pecado. Le preguntó por tercera vez:

"¿No lo has hecho?".

"No", insistió la niña, terca.

Entonces la Virgen María dijo:

"No obedeciste y además mentiste. No eres digna de estar en el Cielo".

La muchacha se quedó profundamente dormida, y cuando despertó, se encontró en la Tierra, en medio de un bosque. Quiso gritar, pero no pudo decir nada. Se levantó de un salto y trató de huir, pero por dondequiera que iba encontraba setos de espinas muy espesos que le cerraban el paso. En esa soledad donde estaba atrapada, había un árbol viejo. Su tronco hueco tuvo que ser su casa. Allí se metía al anochecer, dormía y se refugiaba cuando llovía o había tormenta. Pero era una vida miserable, y cada vez que pensaba en lo bien que estuvo en el Cielo jugando con los ángeles, se echaba a llorar amargamente. Raíces y frutos silvestres eran su única comida; los buscaba hasta donde podía llegar. En otoño recogió nueces y hojas caídas del árbol y las llevó a su tronco hueco. Las nueces fueron su comida durante todo el invierno, y cuando llegaron las nieves y el hielo, se cubrió con las hojas como un animalito para no morir de frío. Sus vestidos pronto se rompieron y le quedaron hechos pedazos. En cuanto el sol volvía a calentar, salía de su escondite y se sentaba al pie del árbol; y su cabello, muy largo, la cubría toda como un manto.

Así pasaron los años, uno tras otro, y no había tristeza ni miseria que no sintiera. Un día de primavera, cuando los árboles ya estaban verdes otra vez, el rey del país salió a cazar al bosque. Un ciervo que perseguía se refugió entre la maleza cerca del claro donde estaba la muchacha. El Rey se bajó del caballo y, con su espada, se abrió camino entre las espinas. Cuando por fin atravesó los zarzales, descubrió, sentada bajo el árbol, a una joven hermosísima cuyo cabello, que parecía de oro, le cubría hasta los pies. El Rey se detuvo, asombrado, y después de unos momentos le dijo:

"¿Quién eres? ¿Cómo estás en un lugar tan solitario?". Pero no obtuvo respuesta porque la joven no podía hablar. El Rey siguió preguntando: "¿Quieres venir conmigo al palacio?". Ella respondió con un ligero movimiento de cabeza diciendo que sí.

El Rey la tomó en brazos, la puso sobre el caballo y regresó. Cuando llegó al palacio, mandó que la vistieran con las ropas más bonitas y le dio de todo en abundancia. Aunque no podía hablar, era tan bella y graciosa que el Rey se enamoró y, poco después, se casó con ella.

Había pasado casi un año cuando la Reina dio a luz un hijo. Pero una noche, estando la madre sola en la cama con el bebé, se le apareció la Virgen María y le dijo:

"¿Quieres confesar la verdad y reconocer que abriste la puerta prohibida? Si lo haces, abriré tu boca y te devolveré la palabra, pero si sigues pecando y negándolo, me llevaré a tu hijito".

La Reina recuperó la palabra por un momento, pero, terca como era, dijo: "No, no abrí la puerta prohibida".

Entonces la Virgen tomó al recién nacido en sus brazos y desapareció con él. A la mañana siguiente, como el bebé no aparecía por ninguna parte, la gente empezó a decir que la Reina comía carne humana y se había comido a su hijo. Ella lo oía sin poder defenderse, pero el Rey la quería tanto que se negó a creerlo.

Al cabo de otro año, la Reina tuvo otro hijo. Por la noche volvió a aparecérsele la Virgen y le dijo:

"Si confiesas que abriste la puerta prohibida, te devolveré a tu hijo y te soltaré la lengua, pero si sigues pecando y mintiendo, me llevaré también a tu segundo hijo".

Y la Reina repitió: "No, no abrí la puerta prohibida".

Y la Virgen le quitó al niño de los brazos y volvió al Cielo.

Por la mañana, al ver la gente que también este niño había desaparecido, ya no dudaron en decir en voz alta que la Reina lo había devorado, y los consejeros del Rey pidieron que fuera juzgada. Pero el Rey la amaba tanto que no quería escuchar a nadie y ordenó a sus consejeros, bajo pena de muerte, que no hablaran más del asunto.

Pasó otro año y la Reina dio a luz una hermosa niña. Por tercera vez se le apareció la Virgen María y le dijo: "¡Sígueme!". Y tomándola de la mano, la llevó al Cielo, donde le mostró a sus dos hijos mayores, que estaban riendo y jugando con una pelota del mundo. Viendo lo feliz que se puso la Reina al verlos tan contentos, la Virgen le dijo:

"¿Aún no se ablanda tu corazón? Si confiesas que abriste la puerta prohibida, te devolveré a tus hijitos".

Pero la Reina respondió por tercera vez: "No, no abrí la puerta prohibida".

Entonces la Virgen la envió de nuevo a la Tierra y le quitó a la niña recién nacida. Por la mañana, todo el pueblo empezó a gritar: "¡La Reina come carne humana, hay que condenarla a muerte!". El Rey ya no pudo callar a sus consejeros. La hicieron comparecer ante un tribunal y, como no podía contestar ni defenderse, fue condenada a morir en la hoguera.

Apilaron la leña, y cuando ya estaba atada al poste y las llamas empezaban a subir a su alrededor, el duro hielo del orgullo se derritió y el arrepentimiento entró en su corazón. Pensó: "¡Si antes de morir pudiera confesar que abrí aquella puerta!".

En ese momento recuperó el habla y gritó con todas sus fuerzas:

"¡Sí, María, sí lo hice!".

Y en ese mismo instante, el cielo envió lluvia a la tierra y apagó la hoguera. Una luz brillante la rodeó y se vio descender a la Virgen María, llevando a los dos niños, uno a cada lado, y a la niña recién nacida en brazos. Dirigiéndose a la madre con voz amable, le dijo:

"Quien se arrepiente de sus pecados y los confiesa, queda perdonado".

Devolviéndole a sus tres hijos, le soltó la lengua y le dio felicidad para todo el resto de su vida.

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