LA CENICIENTA -10°-

LA CENICIENTA


 

Había una vez una mujer casada con un hombre muy rico que se enfermó y sintió que iba a morir pronto. Llamó a su única hijita y le dijo:

"Hija mía, sé siempre buena y piadosa, y Dios te ayudará. Yo te cuidaré desde el cielo y siempre estaré a tu lado".

Y cerrando los ojos, murió.

La muchachita iba todos los días a la tumba de su madre a llorar, y seguía siendo buena y piadosa.

Cuando llegó el invierno, la nieve cubrió la tumba con un manto blanco, y cuando el sol de primavera la derritió, el padre de la niña se casó de nuevo.

La segunda esposa trajo a casa dos hijas, de cara bonita y piel blanca, pero con corazones negros y malvados. Entonces empezaron días muy duros para la pobre huérfana.

"¿Esta tonta tiene que estar en la sala con nosotras?", decían las recién llegadas. "Si quiere comer pan, que se lo gane. ¡Fuera, a la cocina!".

Le quitaron sus hermosos vestidos, le pusieron una blusa vieja y le dieron unos zuecos para calzar. "¡Miren a la orgullosa princesa, qué elegante!", se burlaban. Y la llevaron a la cocina.

Allí tenía que pasar todo el día haciendo trabajos muy duros. Se levantaba muy temprano, iba por agua, encendía el fuego, preparaba la comida, lavaba la ropa... Y además, sus hermanastras la trataban muy mal; se reían de ella y le tiraban guisantes y lentejas en la ceniza para que tuviera que pasarse horas recogiéndolos. Por la noche, cansada de tanto trabajar, en lugar de acostarse en una cama tenía que dormir en la ceniza del hogar. Y como siempre estaba llena de polvo y sucia, la llamaban Cenicienta.

Un día, el padre se iba a ir a la feria y les preguntó a sus dos hijastras qué querían que les trajera.

"Hermosos vestidos", respondió una. "Perlas y piedras preciosas", dijo la otra.

"¿Y tú, Cenicienta?", preguntó. "¿Qué quieres?".

"Padre, corte la primera ramita que le toque el sombrero cuando regrese, y tráigamela".

El hombre compró para sus hijastras vestidos magníficos, perlas y piedras preciosas. Al volver, cuando cruzaba un pequeño bosque, una rama de avellano le tiró el sombrero. Él la cortó y se la llevó. Al llegar a casa, les dio a sus hijastras lo que habían pedido y a Cenicienta, la ramita de avellano.

La muchacha le dio las gracias y se fue con la rama a la tumba de su madre. Allí la plantó, regándola con sus lágrimas, y la ramita creció y se convirtió en un hermoso árbol.

Cenicienta iba allí tres veces al día a llorar y rezar, y siempre encontraba un pajarito blanco posado en una rama. Cuando la niña le pedía algo, el pajarito se lo tiraba desde arriba.

Sucedió que el Rey organizó unas fiestas que durarían tres días, y a las que fueron invitadas todas las jóvenes bonitas del país para que el príncipe heredero eligiera esposa.

Cuando las dos hermanastras se enteraron de que también estaban invitadas, se pusieron muy contentas. Llamaron a Cenicienta y le dijeron:

"Peínanos, cepíllanos bien los zapatos y abróchanos las hebillas; vamos a la fiesta del palacio".

Cenicienta obedeció, aunque llorando, porque ella también quería ir al baile. Le rogó a su madrastra que se lo permitiera.

"Tú, la Cenicienta, cubierta de polvo y suciedad, ¿pretendes ir a la fiesta? No tienes vestido ni zapatos, ¿y quieres bailar?". Pero como la muchacha insistía, la mujer le dijo finalmente: "Te he echado un plato de lentejas en la ceniza; si las recoges en dos horas, te dejaré ir".

La muchachita salió por la puerta de atrás, fue al jardín y exclamó:

"Palomitas mansas, tortolitas y avecillas todas del cielo, venid a ayudarme a recoger lentejas: las buenas, en el pucherito; las malas, en el buchecito".

Y acudieron a la ventana de la cocina dos palomitas blancas, luego las tortolitas y, finalmente, llegaron todas las avecillas del cielo, revoloteando y presurosas, y se posaron en la ceniza. Y las palomitas, bajando sus cabecitas, empezaron: "pic, pic, pic, pir". Y luego todas las demás las imitaron: "pic, pic", y en un instante todos los granos buenos estuvieron en la fuente. No había pasado ni una hora cuando, terminado el trabajo, echaron a volar y desaparecieron.

La muchacha llevó la fuente a su madrastra, contenta porque creía que la dejarían ir a la fiesta, pero la vieja le dijo: "No, Cenicienta, no tienes vestidos y no puedes bailar. Todos se burlarían de ti". Y como la pobre rompió a llorar, añadió: "Si en una hora eres capaz de limpiar dos fuentes llenas de lentejas que echaré en la ceniza, te permitiré que vayas".

Y pensaba: "Jamás podrá hacerlo". Pero cuando las lentejas estuvieron en la ceniza, la doncella salió al jardín por la puerta de atrás y gritó:

"Palomitas mansas, tortolitas y avecillas todas del cielo, venid a ayudarme a limpiar lentejas: las buenas, en el pucherito; las malas, en el buchecito".

Y enseguida acudieron a la ventana de la cocina dos palomitas blancas y luego las tortolitas, y, finalmente, llegaron todas las avecillas del cielo, revoloteando y presurosas, y se posaron en la ceniza. Y las palomitas, bajando sus cabecitas, empezaron: "pic, pic, pic, pic"; y luego todas las demás las imitaron: "pic, pic, pic, pic", echando todos los granos buenos en las fuentes. No había pasado ni media hora cuando, terminada ya su tarea, emprendieron todas el vuelo.

La muchacha llevó las fuentes a su madrastra, pensando que esta vez le permitiría ir a la fiesta. Pero la mujer le dijo: "Todo es inútil; no vendrás, pues no tienes vestidos ni sabes bailar. Serías nuestra vergüenza". Y, dándole la espalda, se fue apresuradamente con sus dos orgullosas hijas.

Al quedarse sola en casa, Cenicienta fue a la tumba de su madre, bajo el avellano, y suplicó:

"Arbolito, sacude tus ramas frondosas, ¡y échame oro y plata y más cosas!".

Y el pájaro le tiró un vestido bordado en plata y oro, y unas zapatillas con adornos de seda y plata. Se vistió muy rápido y corrió al palacio, donde su madrastra y hermanastras no la reconocieron. Al verla tan ricamente vestida, la tomaron por una princesa extranjera. Ni por un momento pensaron en Cenicienta, a quien creían en su cocina, sucia y buscando lentejas en la ceniza. El príncipe salió a recibirla y, tomándola de la mano, bailó con ella. Y no quiso bailar con ninguna otra ni la soltó de la mano, y cada vez que otra muchacha se acercaba a invitarlo, se negaba diciendo: "Ésta es mi pareja".

Al anochecer, Cenicienta quiso volver a su casa, y el príncipe le dijo: "La acompañaré, deseoso de saber de dónde era la bella muchacha". Pero ella se le escapó y subió de un salto al palomar. El príncipe esperó a que llegara su padre y le dijo que la doncella extranjera se había escondido en el palomar. Entonces el viejo pensó: "¿Será Cenicienta?", y pidiendo que le trajeran un hacha y un pico, se puso a derribar el palomar. Pero dentro no había nadie.

Y cuando todos llegaron a casa, encontraron a Cenicienta entre la ceniza, cubierta con sus sucias ropas, mientras una lámpara de aceite ardía en la chimenea. La muchacha había sido muy rápida en saltar por detrás del palomar y correr hasta el avellano; allí se quitó sus hermosos vestidos y los dejó sobre la tumba, donde el pajarito se encargó de recogerlos. Y enseguida volvió a la cocina, vestida con su sucia batita.

Al día siguiente, a la hora de empezar de nuevo la fiesta, cuando los padres y las hermanastras se habían ido, la muchacha fue al avellano y le dijo:

"¡Arbolito, sacude tus ramas frondosas, y échame oro y plata y más cosas!".

El pajarito le envió un vestido mucho más espléndido aún que el de la víspera. Al presentarse ella en el palacio tan magníficamente vestida, todos los presentes se quedaron asombrados de su belleza. El hijo del Rey, que la había estado esperando, la tomó inmediatamente de la mano y solo bailó con ella. A las demás que fueron a pedirle que bailara, les respondía: "Ésta es mi pareja".

Al anochecer, cuando la muchacha quiso retirarse, el príncipe la siguió, empeñado en ver a qué casa iba. Pero ella desapareció de un salto en el jardín de detrás de la suya. Allí crecía un peral grande y hermoso del que colgaban peras magníficas. Ella subió a la copa con la agilidad de una ardilla, saltando entre las ramas, y el príncipe la perdió de vista. El joven esperó la llegada del padre y le dijo: "La joven extranjera se me ha escapado; creo que subió al peral". El padre pensó: "¿Será Cenicienta?", y cogiendo un hacha, derribó el árbol, pero nadie apareció en la copa. Y cuando entraron en la cocina, allí estaba Cenicienta entre las cenizas, como de costumbre, pues había saltado al suelo por el lado opuesto del árbol y, después de devolver los hermosos vestidos al pájaro del avellano, volvió a ponerse su batita gris.

El tercer día, en cuanto se fueron los demás, Cenicienta volvió a la tumba de su madre y suplicó al arbolito:

"¡Arbolito, sacude tus ramas frondosas, y échame oro y plata y más cosas!".

Y el pájaro le tiró un vestido soberbio y brillante como jamás se viera otro en el mundo, con unos zapatitos de oro puro. Cuando se presentó en la fiesta, todos los asistentes se quedaron boquiabiertos de admiración. El hijo del Rey bailó exclusivamente con ella, y a todas las que fueron a pedirle que bailara les respondía: "Ésta es mi pareja".

Al anochecer se despidió Cenicienta. El hijo del Rey quiso acompañarla, pero ella se escapó con tanta rapidez que su admirador no pudo alcanzarla. Pero esta vez recurrió a una trampa: mandó embadurnar con pegamento las escaleras del palacio, por lo cual, al saltar la muchacha los escalones, se le quedó la zapatilla izquierda pegada a uno de ellos. El príncipe la recogió y vio que era diminuta, graciosa y toda de oro.

A la mañana siguiente se presentó en casa del hombre y le dijo: "Mi esposa será aquella cuyo pie se ajuste a este zapato". Las dos hermanastras se alegraron, pues ambas tenían los pies muy bonitos. La mayor fue a su cuarto para probarse la zapatilla, acompañada de su madre. Pero no había modo de que le entrara el dedo gordo. Al ver que la zapatilla era demasiado pequeña, la madre, dándole un cuchillo, le dijo: "¡Córtate el dedo! Cuando seas reina, no tendrás necesidad de andar a pie". La muchacha lo hizo, forzó el pie en el zapato y, aguantando el dolor, se presentó al príncipe. Él la hizo montar en su caballo y se marchó con ella. Pero tuvieron que pasar por delante de la tumba, y dos palomitas que estaban posadas en el avellano gritaron:

"¡Ruku di guk, ruku di guk! ¡Sangre hay en el zapato! El zapato no le va. ¡La novia verdadera en casa está!".

El príncipe miró el pie y vio que salía sangre. Hizo dar media vuelta al caballo y devolvió a la muchacha a su madre, diciendo que no era ella a quien buscaba y que la otra hermana tenía que probarse el zapato. Ésta subió a su habitación y, aunque los dedos le entraron bien, no había manera de meter el talón. La madre le dijo, dándole un cuchillo: "¡Córtate un pedazo del talón! Cuando seas reina no tendrás necesidad de andar a pie". La muchacha se cortó un trozo del talón, metió a la fuerza el pie en el zapato y, aguantando el dolor, se presentó al hijo del Rey. Él la montó en su caballo y se marchó con ella. Pero al pasar por delante del avellano, las dos palomitas posadas en una de sus ramas gritaron:

"¡Ruku di guk, ruku di guk! ¡Sangre hay en el zapato! El zapato no le va. ¡La novia verdadera en casa está!".

El príncipe miró el pie de la muchacha y vio que la sangre manaba del zapato y había enrojecido la media blanca. Volvió grupas y llevó a su casa a la falsa novia. "¿No tiene otra hija?", preguntó. "Tampoco es ésta la verdadera", dijo. "¿No tenéis otra?".

"No", respondió el hombre, "solo queda una Cenicienta sucia de mi difunta esposa, pero es imposible que sea la novia".

El príncipe mandó que la llamaran, pero la madrastra replicó: "¡Oh, no! ¡Está demasiado sucia! No me atrevo a presentarla".

Pero como el hijo del Rey insistió, no hubo más remedio que llamar a Cenicienta. Ella primero se lavó las manos y la cara y, entrando en la habitación, saludó al príncipe con una reverencia. Él le tendió el zapato de oro. La muchacha se sentó en un taburete, se quitó el pesado zueco y se calzó la zapatilla: le venía perfecta. Y cuando, al levantarse, el príncipe le miró el rostro, reconoció al instante a la hermosa doncella con la que había bailado y exclamó: "¡Ésta sí que es mi verdadera novia!".

La madrastra y sus dos hijas palidecieron de rabia, pero el príncipe ayudó a Cenicienta a montar a caballo y se marchó con ella. Y al pasar por delante del avellano, gritaron las dos palomitas blancas:

"¡Ruku di guk, ruku di guk! ¡No tiene sangre el zapato! Y pequeño no le está; ¡Es la novia verdadera con la que va!".

Y dicho esto, bajaron volando las dos palomitas y se posaron una en cada hombro de Cenicienta.

Al llegar el día de la boda, se presentaron las traidoras hermanas, muy cariñosas, deseosas de congraciarse con Cenicienta y participar de su felicidad. Pero al ir el cortejo a la iglesia, yendo la mayor a la derecha de la novia y la menor a su izquierda, las palomas, de sendos picotazos, les sacaron un ojo a cada una. Luego, al salir, yendo la mayor a la izquierda y la menor a la derecha, las mismas aves les sacaron el otro ojo. Y de este modo quedaron castigadas por su maldad, condenadas a la ceguera para todos los días de su vida.



 

 

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