JUANITO Y MARGARITA (HANSEL Y GRETEL) -20°-

 

JUANITO Y MARGARITA

 (HANSEL Y GRETEL)


 

 

Cerca de un bosque muy grande vivía un pobre leñador con su esposa y sus dos hijos: el niño se llamaba Juanito y la niña, Margarita. Apenas tenían para comer, y en una época de mucha hambre, llegó un momento en que el hombre no podía ni siquiera ganar el pan de cada día.

Una noche, el leñador estaba en la cama, pensando y dando vueltas, sin poder dormir por las preocupaciones. Finalmente, suspirando, le dijo a su esposa:

"¿Qué vamos a hacer? ¿Cómo vamos a alimentar a los pobres niños si no nos queda nada?".

"Se me ocurre algo", respondió ella. "Mañana, muy temprano, llevaremos a los niños a lo más profundo del bosque. Les encenderemos un fuego, les daremos un pedacito de pan y luego los dejaremos solos para ir a trabajar. Como no sabrán encontrar el camino de vuelta, nos libraremos de ellos".

"¡Por Dios, mujer!", replicó el hombre. "Eso no lo haré yo. ¡Cómo voy a abandonar a mis hijos en el bosque! Seguro que las bestias los destrozarán".

"¡No seas tonto!", exclamó ella. "¿Quieres que nos muramos de hambre los cuatro? ¡Anda, ponte a aserrar las tablas para los ataúdes!". Y no dejó de insistir hasta que el hombre aceptó. "Pero me dan mucha lástima", decía él.

Los dos hermanitos, a quienes el hambre mantenía despiertos, oyeron lo que su madrastra le decía a su padre. Margarita, con lágrimas amargas, le dijo a Juanito:

"¡Ahora sí que estamos perdidos!".

"No llores, Margarita", la consoló el niño, "no te preocupes, que yo me las arreglaré para salir de esta".

Y cuando los viejos se durmieron, Juanito se levantó, se puso su chaquetita y salió a la calle por la puerta de atrás. Brillaba una luna espléndida y los guijarros blancos que había en el suelo delante de la casa relucían como plata pura. Juanito los fue recogiendo hasta que no le cupieron más en los bolsillos. De vuelta en su cuarto, le dijo a Margarita:

"No temas, hermanita, y duerme tranquila: Dios no nos abandonará". Y se acostó de nuevo.

Al amanecer, antes de que saliera el sol, la mujer fue a llamar a los niños: "¡MARGARITA, JUANITO...! ¡Vamos, vagos, levantaos! Tenemos que ir al bosque por leña". Y dándole a cada uno un pedacito de pan, les advirtió: "Aquí tenéis esto para el mediodía; pero no os lo comáis antes, porque no os daré más".

Margarita se puso el pan debajo del delantal, porque Juanito llevaba los bolsillos llenos de piedras, y los cuatro emprendieron el camino del bosque. Al cabo de un rato de andar, Juanito se detenía de vez en cuando para volverse a mirar hacia la casa. Dijo el padre:

"Juanito, no te quedes atrás mirando; ¡atención y camina rápido!".

"Es que miro al gatito blanco que desde el tejado me está diciendo adiós", respondió el niño.

Y la mujer replicó: "Tonto, no es el gato, sino el sol de la mañana que se refleja en la chimenea".

Pero lo que estaba haciendo Juanito no era mirar al gato, sino ir echando piedrecitas blancas que sacaba del bolsillo a lo largo del camino. Cuando estuvieron en medio del bosque, dijo el padre: "Recoged ahora leña, pequeños; os encenderé un fuego para que no tengáis frío".

Juanito y Margarita reunieron un buen montón de leña pequeña. Prepararon una hoguera, y cuando ya ardía con una llama viva, dijo la mujer:

"Poneos ahora al lado del fuego, chiquillos; y descansad mientras nosotros vamos por el bosque a cortar leña. Cuando hayamos terminado, volveremos a recogeros".

Los dos hermanitos se sentaron junto al fuego, y al mediodía, cada uno se comió su pedacito de pan. Y como oían el ruido de los hachazos, creían que su padre estaba cerca. Pero, en realidad, no era el hacha, sino una rama que él había atado a un árbol seco y que el viento hacía chocar contra el tronco. Después de mucho rato de estar allí sentados, el cansancio les cerró los ojos y se quedaron profundamente dormidos.

Despertaron cuando ya era noche cerrada. Margarita se echó a llorar, diciendo: "¿Cómo saldremos del bosque?". Pero Juanito la consoló:

"Espera un poquito a que brille la luna, que ya encontraremos el camino".

Y cuando la luna estuvo alta en el cielo, el niño, cogiendo de la mano a su hermanita, se guio por las piedrecitas que, brillando como plata, le indicaron la ruta. Anduvieron toda la noche y llegaron a la casa al amanecer. Llamaron a la puerta y les abrió la madrastra, que, al verlos, exclamó:

"¡Diablos de niños! ¿Qué es eso de quedarse tantas horas en el bosque? ¡Creíamos que no queríais volver!".

El padre, en cambio, se alegró de que hubieran vuelto, pues le remordía la conciencia por haberlos abandonado.

Algún tiempo después hubo otra época de miseria en el país, y los niños oyeron una noche cómo la madrastra, estando en la cama, decía a su marido:

"Otra vez se ha terminado todo; solo nos queda media hogaza de pan, y se acabó. Tenemos que deshacernos de los niños. Los llevaremos más adentro del bosque para que no puedan encontrar el camino; de otro modo, no hay salvación para nosotros".

Al padre le dolía mucho abandonar a los niños, y pensaba: "Mejor harías partiendo con tus hijos el último bocado". Pero la mujer no quiso escuchar sus razones y lo llenó de reproches e insultos. Quien cede la primera vez, también ha de ceder la segunda; y así, el hombre no tuvo valor para negarse. Pero los niños estaban aún despiertos y oyeron la conversación. Cuando los viejos se durmieron, Juanito se levantó con intención de salir a buscar guijarros, como la vez anterior; pero no pudo hacerlo, pues la mujer había cerrado la puerta. Dijo, no obstante, a su hermanita, para consolarla:

"No llores, Margarita, y duerme tranquila, que Dios Nuestro Señor nos ayudará".

A la madrugada siguiente, la mujer los levantó de la cama y les dio su pedacito de pan, más pequeño aún que la vez anterior. Camino del bosque, Juanito fue desmigajando el pan en el bolsillo y, deteniéndose de vez en cuando, dejaba caer miguitas en el suelo.

"Juanito, ¿por qué te paras a mirar atrás?", le preguntó el padre. "¡Vamos, no te entretengas!".

"Estoy mirando mi palomita, que desde el tejado me dice adiós".

"¡Bobo!", intervino la mujer, "no es tu palomita, sino el sol de la mañana que brilla en la chimenea".

Pero Juanito fue sembrando de migas todo el camino. La madrastra condujo a los niños aún más adentro del bosque, a un lugar en el que nunca habían estado. Encendieron una gran hoguera, y la mujer les dijo:

"Quedaos aquí, pequeños, y si os cansáis, echad una siestecita. Nosotros vamos por leña; al atardecer, cuando hayamos terminado, volveremos a recogeros".

A mediodía, Margarita partió su pan con Juanito, ya que él había esparcido el suyo por el camino. Luego se quedaron dormidos, sin que nadie se presentara a buscar a los pobrecillos. Despertaron cuando ya era de noche oscura. Juanito consoló a Margarita diciéndole:

"Espera un poco, hermanita, a que salga la luna; entonces veremos las migas de pan que yo he esparcido y que nos mostrarán el camino de vuelta".

Cuando salió la luna, se dispusieron a regresar; pero no encontraron ni una sola miga; se las habían comido los mil pajarillos que volaban por el bosque. Dijo Juanito a Margarita:

"Ya daremos con el camino", pero no lo encontraron. Anduvieron toda la noche y todo el día siguiente, desde la madrugada hasta el atardecer, sin lograr salir del bosque. Sufrían además de hambre, pues no habían comido más que unos pocos frutos silvestres recogidos del suelo. Y como se sentían tan cansados que las piernas se negaban ya a sostenerlos, se echaron al pie de un árbol y se quedaron dormidos.

Y amaneció el tercer día desde que salieron de casa. Reanudaron la marcha, pero cada vez se perdían más en el bosque. Si alguien no acudía pronto en su ayuda, estaban condenados a morir de hambre.

Pero he aquí que hacia mediodía vieron un hermoso pajarillo blanco como la nieve, posado en la rama de un árbol; y cantaba tan dulcemente que se detuvieron a escucharlo. Cuando hubo terminado, abrió sus alas y emprendió el vuelo, y ellos lo siguieron hasta llegar a una casita en cuyo tejado se posó. Y al acercarse vieron que la casita estaba hecha de pan y cubierta de bizcocho, y las ventanas eran de puro azúcar.

"¡Mira qué bien!", exclamó Juanito, "aquí podremos comer hasta hartarnos. Yo comeré un pedacito del tejado; tú, Margarita, puedes probar la ventana, verás qué dulce es". El niño se encaramó al tejado y rompió un trocito para probar a qué sabía, mientras su hermanita mordisqueaba los cristales. Entonces oyeron una voz suave que procedía del interior:

"¿Será acaso la ratita la que roe mi casita?".

Pero los niños respondieron:

"Es el viento, es el viento que sopla violento".

Y siguieron comiendo sin preocuparse. Juanito, que encontraba el tejado sabrosísimo, desgajó un buen pedazo, y Margarita sacó todo un cristal redondo y se sentó en el suelo, comiendo con mucho apetito.

Entonces la puerta se abrió de golpe y salió una mujer viejísima que se apoyaba en una muleta. Los niños se asustaron tanto que soltaron lo que tenían en las manos; pero la vieja, meneando la cabeza, les dijo:

"Hola, pequeñines, ¿quién os ha traído? Entrad y quedaos conmigo, no os haré ningún daño".

Y, cogiéndolos de la mano, los introdujo en la casita, donde había servida una apetitosa comida: leche con bollos azucarados, manzanas y nueces. Después los llevó a dos camitas con ropas blancas, y Juanito y Margarita se acostaron en ellas, creyéndose en el cielo.

La vieja aparentaba ser muy buena y amable; pero, en realidad, era una bruja malvada que acechaba a los niños para cazarlos, y había construido la casita de pan con el único objeto de atraerlos. Cuando uno caía en su poder, lo mataba, lo guisaba y se lo comía; esto era para ella un gran banquete. Las brujas tienen los ojos rojizos y son muy cortas de vista; pero, en cambio, su olfato es muy fino, como el de los animales, por lo que desde muy lejos huelen la presencia de las personas. Cuando sintió que se acercaban Juanito y Margarita, dijo para sus adentros, con una risotada malvada: "¡Míos son estos, no se me escapan!".

Se levantó muy de mañana, antes de que los niños se despertaran, y, al verlos descansar tan plácidamente con aquellas mejillitas tan sonrosadas y coloreadas, murmuró entre dientes: "¡Serán un buen bocado!". Y, agarrando a Juanito con su mano seca, lo llevó a un pequeño establo y lo encerró detrás de una reja. Gritó y protestó el niño con todas sus fuerzas, pero todo fue inútil. Se dirigió entonces a la cama de Margarita y despertó a la pequeña, sacudiéndola rudamente y gritándole:

"Levántate, holgazana, ve a buscar agua y guisa algo bueno para tu hermano; lo tengo en el establo y quiero que engorde. Cuando esté bien cebado, me lo comeré".

Margarita se echó a llorar amargamente, pero en vano; tuvo que cumplir los mandatos de la bruja. Desde entonces a Juanito le sirvieron comidas exquisitas, mientras Margarita no recibía sino cáscaras de cangrejo. Todas las mañanas bajaba la vieja al establo y decía: "Juanito, saca el dedo, que quiero saber si estás gordo".

Pero Juanito, en vez del dedo, sacaba un huesecito, y la vieja, que tenía la vista muy mala, pensaba que era realmente el dedo del niño, y todo era extrañarse de que no engordara.

Cuando, al cabo de cuatro semanas, vio que Juanito continuaba tan flaco, perdió la paciencia y no quiso aguardar más tiempo:

"Anda, Margarita", dijo a la niña, "a buscar agua, ¡rápido! Esté gordo o flaco tu hermano, mañana me lo comeré".

¡Qué desconsuelo el de la hermanita cuando venía con el agua, y cómo le corrían las lágrimas por las mejillas! "¡Dios mío, ayúdanos!", rogaba. "¡Ojalá nos hubieran devorado las fieras del bosque; por lo menos habríamos muerto juntos!".

"¡Basta de lloriqueos!", gritó la vieja, "de nada te van a servir".

Por la madrugada, Margarita tuvo que salir a llenar de agua el caldero y encender fuego.

"Primero coceremos pan", dijo la bruja. "Ya he calentado el horno y preparado la masa". Y de un empujón llevó a la pobre niña hasta el horno, de cuya boca salían grandes llamas. "Entra a ver si está bastante caliente para meter el pan", mandó la vieja. Su intención era cerrar la puerta del horno cuando la niña estuviera dentro, asarla y comérsela también. Pero Margarita adivinó su pensamiento y dijo:

"No sé cómo hay que hacerlo. ¿Cómo voy a entrar?".

"¡Habrase visto criatura más tonta!", replicó la bruja. "Bastante grande es la abertura; yo misma podría pasar por ella". Y, para demostrárselo, se adelantó y metió la cabeza en la boca del horno. Entonces Margarita, de un empujón, la precipitó en el interior y, cerrando la puerta de hierro, corrió el cerrojo. ¡Allí era de oír los chillidos que daba la bruja! ¡Qué gritos más pavorosos! Pero la niña echó a correr, y la malvada hechicera hubo de morir quemada miserablemente.

Corrió Margarita al establo donde estaba encerrado Juanito y le abrió la puerta, exclamando:

"¡Juanito, estamos salvados; ya está muerta la bruja!".

Saltó el niño afuera como un pájaro al que se le abre la jaula. ¡Qué alegría sintieron los dos, y cómo se abrazaron y besaron! Y como ya nada tenían que temer, recorrieron la casa de la bruja, y en todos los rincones encontraron cajas llenas de perlas y piedras preciosas.

"¡Valen más estas que los guijarros!", exclamó Juanito, llenándose los bolsillos.

Y dijo Margarita: "También yo quiero llevar algo a casa", y se llenó el delantal de pedrería.

"Vámonos ahora", dijo el niño, "debemos salir de este bosque embrujado". A unas dos horas de andar llegaron a un gran río.

"No podremos pasarlo", observó Juanito, "no veo ni puente ni pasarela".

"Ni tampoco hay barquita alguna", añadió Margarita. "Pero allí nada un pato blanco, y si se lo pido nos ayudará a pasar el río". Y gritó:

"Patito, buen patito, somos Margarita y Juanito. No hay ningún puente por donde pasar; ¿sobre tu blanca espalda nos quieres llevar?".

Se acercó el patito, y el niño se subió en él, invitando a su hermana a hacer lo mismo.

"No", replicó Margarita, "sería muy pesado para el patito; vale más que nos lleve uno tras otro".

Así lo hizo el buen pato, y cuando ya estuvieron en la orilla opuesta y hubieron caminado otro trecho, el bosque les fue siendo cada vez más familiar hasta que, al fin, descubrieron a lo lejos la casa de su padre. Entonces echaron a correr, entraron como una tromba y se colgaron del cuello de su padre. El pobre hombre no había tenido una sola hora de reposo desde el día en que abandonara a sus hijos en el bosque, y en cuanto a la madrastra, había muerto.

Volcó Margarita su delantal, y todas las perlas y piedras preciosas saltaron por el suelo, mientras Juanito vaciaba también a puñados sus bolsillos. Se acabaron las penas, y en adelante vivieron los tres felices. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

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