EL REY PICO DE TORDO -17°-

 

EL REY PICO DE TORDO


 

 

 

Un rey tenía una hija guapísima, más que nadie. Pero era tan orgullosa y creída que ningún hombre que la pretendía le gustaba. Los rechazaba a todos y, encima, se reía de ellos.

Un día, el Rey organizó una gran fiesta e invitó a todos los jóvenes solteros que vivían cerca. Los pusieron en fila, según su importancia: primero los reyes, luego los duques, los príncipes, los condes y barones, y al final, los caballeros. La princesa los miró uno por uno, pero a todos les encontraba algún defecto.

A uno lo veía demasiado gordo y decía: "¡Qué barrigón!". Al segundo, demasiado alto y flaco: "¡Parece un palo sin gracia!". Al tercero, muy bajo: "¡Gordo y bajito, qué cosa más fea!". Al cuarto, muy pálido: "¡Parece un muerto!". Al quinto, muy rojo: "¡Vaya cara de gallo!". El sexto no estaba lo suficientemente derecho: "Parece una rama verde que se ha secado detrás de la estufa". Y así con todos, siempre encontraba algo que no le gustaba.

Pero del que más se burló fue de un rey bueno que estaba entre los primeros. Este rey tenía la barbilla un poco salida. "¡Ja, ja!", se rió la princesa a carcajadas. "¡Este tiene una barbilla que parece el pico de un tordo!". Por eso, desde ese día, le llamaron "Pico de Tordo".

El viejo rey, al ver que su hija no hacía más que reírse de todos los que querían casarse con ella y los humillaba, se enfadó muchísimo. Tanto se enojó que juró que casaría a su hija con el primer mendigo que llegara a su puerta.

Pocos días después, apareció un señor que tocaba el organillo. Después de cantar debajo de las ventanas, pidió limosna. Cuando el Rey se enteró, dijo: "¡Traedme a ese hombre!".

El mendigo se presentó ante él, sucio y con la ropa rota. Cantó para el Rey y la princesa, y cuando terminó, pidió una recompensa. El Rey le dijo: "Me ha gustado mucho tu canción, así que te voy a dar a mi hija como esposa".

La princesa se asustó, pero el Rey le dijo: "Juré casarte con el primer mendigo que apareciera, y voy a cumplir mi promesa".

No sirvieron sus súplicas. Llamaron al cura, y la joven tuvo que casarse, quisiera o no, con el organillero. Cuando terminó la ceremonia, el Rey dijo: "No está bien que, siendo la esposa de un mendigo, sigas viviendo en mi palacio. Vete con tu marido".

Los recién casados se marcharon. El mendigo la llevaba de la mano y los dos caminaban a pie. Al pasar por un bosque, ella preguntó:

"¿De quién es este bosque tan bonito?".

"Del rey Pico de Tordo, que quería casarse contigo. Si lo hubieras querido, ahora sería tuyo".

"¡Ay, qué desgraciada soy! ¿Por qué no le dije que sí a Pico de Tordo?".

Después pasaron por un prado, y ella volvió a preguntar:

"¿De quién es este prado tan grande y verde?".

"Del rey Pico de Tordo, al que despreciaste. Si lo hubieras querido, ahora sería tuyo".

"¡Ay, qué desgraciada soy! ¿Por qué no le dije que sí a Pico de Tordo?".

Y al llegar a una gran ciudad, preguntó de nuevo:

"¿De quién es esta ciudad tan bonita y con tanta gente?".

"Del rey Pico de Tordo, que te pidió como esposa. Si lo hubieras querido, ahora sería tuya".

"¡Ay, qué desgraciada soy! ¿Por qué no le dije que sí a Pico de Tordo?".

"¡Basta!", dijo entonces el mendigo. "No me gusta que siempre estés pensando en otro hombre. ¿Acaso no soy suficiente para ti?".

Finalmente, llegaron a una casa muy pequeña. Y ella preguntó:

"¡Dios mío, qué casa tan rara! ¿De quién será esta cabaña?".

El músico respondió: "Es mi casa y la tuya, donde vamos a vivir".

La princesa tuvo que agacharse para entrar por la puerta, que era muy baja.

"¿Dónde están los sirvientes?", preguntó ella.

"¿Sirvientes?", le contestó el mendigo. "Tendrás que hacer tú lo que quieras que te hagan. Enciende el fuego ahora mismo, pon agua a calentar y prepara la comida. Estoy cansado".

Pero la hija del Rey no sabía cocinar ni cómo encender el fuego, y el mendigo no tuvo más remedio que ayudarla para que las cosas salieran más o menos bien. Después de una comida sencilla, se fueron a dormir. Por la mañana, él la obligó a levantarse muy temprano porque tenía que encargarse de las tareas de la casa. Así vivieron unos días, gastando toda su comida.

Entonces, el hombre dijo: "Mujer, gastar y no ganar nada no puede ser. Tendrás que hacer cestas de mimbre".

El hombre salió a cortar mimbres y los trajo a casa. La joven empezó a hacer cestas, pero eran duros y le lastimaban sus delicadas manos.

"Ya veo que no sirves para esto", dijo el marido. "Será mejor que hiles, quizás lo hagas mejor".

Ella se puso a hilar con esfuerzo, pero el hilo grueso pronto le hirió los dedos y le salió sangre.

"Ya lo ves", le dijo el hombre. "No sirves para ningún trabajo. ¡Qué mal negocio hice contigo! Probaremos a vender cerámica. Irás al mercado a vender ollas y cacharros".

"¡Dios mío!", pensó ella. "Si la gente del reino de mi padre pasa por el mercado y me ve sentada vendiendo cacharros, ¡cómo se van a burlar de mí!".

Pero no tuvo más remedio: o aceptarlo, o morirse de hambre. La primera vez le fue bastante bien, porque la belleza de la joven atraía a la gente, que pagaba lo que ella pedía, e incluso algunos le daban el dinero sin llevarse nada. El matrimonio vivió un tiempo de lo que ganaba, y cuando se terminó el dinero, el hombre consiguió otra mercancía de ollas y cazuelas. La princesa se colocó en una esquina de la plaza y puso los objetos a su alrededor.

De repente, se acercó a caballo un soldado borracho. Iba al trote y, metiéndose en medio de los cacharros, los rompió todos en pedazos en un instante. La joven se echó a llorar y, angustiada, no sabía qué hacer. "¡Ay, qué será de mí!", exclamó. "¡Qué va a decir mi marido!".

Corrió a su casa y le contó lo que había pasado.

"¿A quién se le ocurre ponerse en la esquina de la plaza con vasijas de barro?", la regañó el marido. "Bueno, deja de llorar. Ya veo que no sirves para ningún trabajo serio. He ido al palacio de nuestro rey a preguntar si necesitaban una ayudante de cocina, y me han prometido un puesto para ti. Así te ganarás la comida".

Y así, la princesa se convirtió en ayudante de cocina, ayudando al cocinero y haciendo los trabajos más duros. Se guardó unas ollitas en los bolsillos y en ellas guardaba las sobras que le daban. Las llevaba a su casa y de eso comían los dos.

Se supo que se iba a celebrar la boda del hijo mayor del Rey. La pobre mujer, deseando ver la fiesta, se colocó en la puerta del salón. Cuando las luces ya estaban encendidas y los invitados empezaron a entrar, uno elegantemente vestido, otro aún más, ella, al ver tanta pompa y lujo, recordó con amargura su destino y maldijo su orgullo y su soberbia, que eran los culpables de su humillación y miseria. De los platos tan apetitosos que los camareros llevaban de un lado a otro y cuyos aromas llegaban hasta ella, los sirvientes le tiraban de vez en cuando algunos trozos, que la mujer guardaba en sus ollitas para llevarlos a casa.

Entró el príncipe, vestido de terciopelo y seda, con cadenas de oro al cuello. Al ver a aquella hermosa mujer de pie junto a la puerta, la tomó de la mano para bailar con ella. Pero la princesa se resistió, asustada, porque reconoció en el joven al rey Pico de Tordo, su antiguo pretendiente, al que había rechazado y ofendido con sus burlas. Su resistencia no sirvió de nada, pues él la obligó a entrar en el salón. Se le rompió la cinta que ataba sus ollitas, y estas cayeron al suelo, derramándose la sopa y la comida. Todos los presentes se rieron y se burlaron, y ella se sintió avergonzada y deseó que la tierra se abriera bajo sus pies. Corrió hacia la puerta para escapar, pero en la escalera un hombre la alcanzó y la obligó a retroceder. Al mirarlo, se encontró de nuevo con el rey Pico de Tordo, quien le dijo con cariño:

"No tengas miedo. El músico con el que has estado viviendo en la cabaña y yo somos la misma persona. Por tu amor me disfracé así, y el soldado que rompió tu mercancía también fui yo. Todo lo hice para humillar tu orgullo y castigarte por tu soberbia, que te llevó a burlarte de mí".

La princesa, llorando amargamente, dijo: "Fui muy injusta y no merezco ser tu esposa".

Pero él le respondió: "Tranquilízate. Todo pasó, y ahora celebraremos nuestra boda".

Y entraron las sirvientas y le pusieron vestidos preciosos. Vino su padre y toda la Corte acudió a felicitarla por su matrimonio con el rey Pico de Tordo, y entonces sí que hubo fiestas y alegría.

¡Ojalá hubiéramos estado tú y yo!



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