EL PÁJARO DE ORO -16°-
EL PÁJARO DE ORO
Hace mucho, mucho tiempo, vivía un rey cuyo palacio estaba rodeado de un hermoso parque. En este parque crecía un árbol muy especial que daba manzanas de oro. Cada vez que las manzanas maduraban, las contaban, pero una mañana faltaba una. Avisaron al rey, y él ordenó que todas las noches alguien vigilara el árbol.
El rey tenía tres hijos, y al anochecer envió al mayor a hacer guardia en el jardín. A medianoche, el príncipe no pudo evitar dormirse, y a la mañana siguiente faltaba otra manzana. La noche siguiente, le tocó vigilar al segundo hijo, pero pasó lo mismo: a las doce se quedó dormido, y por la mañana faltaba otra manzana más.
Llegó el turno del hijo menor. El rey no confiaba mucho en él y pensaba que no tendría más suerte que sus hermanos. Pero al final, aceptó que hiciera la guardia. El joven se puso debajo del árbol, con los ojos bien abiertos, decidido a no dormirse. A las doce de la noche, oyó un ruido en el aire y, a la luz de la luna, vio acercarse volando un pájaro cuyas plumas brillaban como oro puro. El pájaro se posó en el árbol, y justo cuando tomó una manzana, el joven príncipe le disparó una flecha. El pájaro logró escapar, pero la flecha lo había rozado y cayó al suelo una pluma de oro. El muchacho la recogió y por la mañana se la entregó al rey, contándole lo que había pasado durante la noche.
El rey reunió a sus consejeros, y todos estuvieron de acuerdo en que una pluma como aquella valía tanto como todo el reino.
"Si esta pluma es tan preciosa", dijo el rey, "no me basta con ella, quiero tener el pájaro entero".
El hijo mayor se puso en camino. Se creía muy listo y no dudaba en encontrar el pájaro de oro. Había caminado un buen trecho cuando vio al borde de un bosque una zorra. Sacó su escopeta para dispararle, pero la zorra lo detuvo, exclamando:
"No me mates, y a cambio te daré un buen consejo. Sé que vas en busca del pájaro de oro y que esta noche llegarás a un pueblo con dos posadas una frente a la otra. Una estará muy iluminada y llena de alegría, pero no entres en ella. Ve a la otra, aunque parezca menos atractiva".
"¡Cómo puede darme un consejo este animal tonto!", pensó el príncipe, apretando el gatillo. Pero falló el tiro, y la zorra se metió rápidamente en el bosque con la cola tiesa. El joven siguió su camino y al anochecer llegó al pueblo de las dos posadas. En una todo era canto y baile, mientras que la otra parecía pobre y triste. "Sería tonto si me quedara en esa taberna vieja en lugar de esta hermosa posada", se dijo. Así que entró en la posada alegre y se dedicó a la fiesta, olvidándose del pájaro, de su padre y de todas las buenas enseñanzas que había recibido.
Pasó un tiempo sin que regresara el hijo mayor, así que el segundo hijo se puso en camino en busca del pájaro de oro. Como su hermano, también se encontró con la zorra, la cual le dio el mismo consejo, pero él tampoco le hizo caso. Llegó a las dos posadas, y su hermano, que estaba asomado a la ventana de la posada alegre, lo llamó y lo invitó a entrar. El joven no pudo resistirse y, entrando, se entregó a los placeres y diversiones.
Después de mucho tiempo, el hijo menor del rey quiso probar suerte también, pero el padre no quería.
"Es inútil", dijo el rey. "Él encontrará el pájaro de oro menos que sus hermanos, y si le pasa algo malo, no sabrá cómo salir del apuro. Es el menos listo de los tres". Sin embargo, como el joven no lo dejaba en paz, al final le dio su permiso.
A la orilla del bosque, el joven también se encontró con la zorra, la cual le pidió que le perdonara la vida y le dio su buen consejo. El joven, que era de buen corazón, dijo: "No tengas miedo, zorrita, no te haré ningún daño".
"No te arrepentirás", le respondió la zorra. "Y para que puedas ir más rápido, súbete a mi cola".
Apenas se hubo subido, la zorra echó a correr por el campo a toda velocidad, tan rápido que el viento le silbaba en el pelo. Al llegar al pueblo, el muchacho se bajó y, siguiendo el buen consejo de la zorra, se quedó sin dudarlo en la posada humilde, donde pasó una noche tranquila. A la mañana siguiente, al salir al campo, la zorra ya lo estaba esperando y le dijo:
"Ahora te diré lo que debes hacer. Sigue siempre recto y al final llegarás a un palacio. Delante habrá muchos soldados tumbados, pero no te preocupes, estarán durmiendo y roncando. Pasa por en medio de ellos, entra en el palacio y recorre todas las habitaciones hasta que llegues a una más pequeña donde hay un pájaro de oro encerrado en una jaula de madera. Al lado verás otra jaula de oro, muy hermosa pero vacía, solo está de adorno. Ten mucho cuidado de no cambiar el pájaro de la jaula fea a la lujosa, porque te irá muy mal".
Después de decir esto, la zorra volvió a estirar la cola, y el príncipe se subió. Y otra vez empezaron a correr por el campo a toda velocidad, mientras el viento silbaba en su pelo. Al llegar frente al palacio, todo era como la zorra le había dicho. El príncipe entró en la habitación donde estaba el pájaro de oro en su jaula de madera, al lado de la cual había otra dorada, y en el suelo vio las tres manzanas de su jardín. El joven pensó que era una lástima que un pájaro tan hermoso estuviera en una jaula tan fea, así que abrió la puerta, cogió el animal y lo pasó a la otra jaula. En ese mismo momento, el pájaro lanzó un grito agudo. Los soldados se despertaron y, atrapando al muchacho, lo encerraron en un calabozo.
A la mañana siguiente lo llevaron ante un tribunal y, como confesó lo que había intentado hacer, fue condenado a muerte. Sin embargo, el rey le ofreció perdonarle la vida si le traía el caballo de oro, que era más rápido que el viento. Si lo hacía, además le daría como premio el pájaro de oro.
El príncipe se puso en camino, suspirando tristemente, pues ¿dónde iba a encontrar el caballo de oro? De repente vio parada en el camino a su antigua amiga, la zorra.
"¡Ves!", le dijo. "Esto te ha pasado por no hacerme caso. Pero no te desanimes, yo te ayudaré y te diré cómo puedes llegar al caballo de oro. Sigue siempre recto y llegarás a un palacio donde está el animal en sus establos. Delante de los establos estarán los mozos durmiendo y roncando, y podrás sacar el caballo tranquilamente. Pero una cosa debo advertirte: ponle la silla mala de madera y cuero, y no la de oro que verás colgada al lado. De otro modo, te irá mal".
Y estirando la cola, la zorra, el príncipe se subió y empezaron a correr por el campo a tanta velocidad que el viento silbaba en su pelo. Todo ocurrió como la zorra había predicho. El muchacho llegó al establo donde estaba el caballo de oro. Pero al ir a ponerle la silla mala, pensó: "Es una vergüenza para un caballo tan hermoso no ponerle la silla que le corresponde". Pero apenas la silla de oro tocó al animal, este empezó a relinchar muy fuerte. Los mozos del establo se despertaron, atraparon al joven príncipe y lo metieron en el calabozo. A la mañana siguiente, un tribunal lo condenó a muerte, pero el rey le prometió la vida y el caballo de oro si era capaz de traerle a la bellísima princesa del Castillo de Oro.
El joven se puso en camino muy triste y, por suerte, no tardó en encontrarse con la fiel zorra.
"Debería dejarte a tu suerte", le dijo el animal, "pero me das lástima y te ayudaré una vez más. Este camino lleva directamente al Castillo de Oro. Llegarás al atardecer, y por la noche, cuando todo esté tranquilo y en silencio, la hermosa princesa irá a la casa de los baños. Cuando entre, lánzate sobre ella, dale un beso y ella te seguirá y podrás llevártela. ¡Pero ten cuidado de no permitirle que se despida de sus padres, porque de otro modo te irá mal!".
La zorra estiró la cola, el hijo del rey se subió, y otra vez corrieron a toda velocidad por el campo, mientras el viento silbaba en su pelo.
Al llegar al Castillo de Oro, todo ocurrió como la zorra había predicho. El príncipe esperó hasta medianoche, y cuando todo el mundo dormía y la bella princesa fue a los baños, él se acercó de repente y le dio un beso. Ella le dijo que se iría muy contenta con él, pero le suplicó con lágrimas que le permitiera despedirse de sus padres. Al principio, el príncipe se negó, pero al ver que la muchacha seguía llorando y se arrodillaba a sus pies, acabó por ceder. Apenas la princesa tocó la cama de su padre, este se despertó y toda la gente del castillo. Atraparon al joven y lo encarcelaron.
A la mañana siguiente, el rey le dijo: "Te has jugado la vida y la has perdido. Sin embargo, te la perdonaré si arrasas la montaña que está delante de mis ventanas y me quita la vista, y esto debes hacerlo en ocho días. Si lo logras, recibirás como premio la mano de mi hija".
El príncipe se puso a trabajar con el pico y la pala sin descanso, pero cuando, después de siete días, vio lo poco que había conseguido y que todo su esfuerzo casi no se notaba, se desanimó mucho y perdió toda esperanza. Pero al anochecer del séptimo día, se presentó la zorra y le dijo:
"No mereces que me preocupe por ti, pero vete a dormir, yo haré el trabajo en tu lugar".
Por la mañana, al despertar el joven y mirar por la ventana, la montaña había desaparecido. Corrió lleno de alegría ante el rey y le dijo que había cumplido su condición, así que el monarca, quisiera o no, tuvo que cumplir su palabra y darle a su hija. Los dos se fueron, y al poco rato se les acercó la zorra: "Tienes lo mejor, es cierto, pero a la doncella del Castillo de Oro también le pertenece el caballo de oro".
"¿Y cómo podré ganármelo?", preguntó el joven.
"Voy a decírtelo. Primero, lleva a la hermosa doncella al rey que te envió al Castillo de Oro. Se pondrá muy contento y te dará el caballo de oro con gusto. Tú lo montas enseguida y extiendes la mano a cada uno para despedirte, dejando a la princesa para el final. Entonces la subes de un tirón a la grupa y te vas al galope. Nadie podrá alcanzarte, porque el caballo es más rápido que el viento".
Todo sucedió tal como la zorra dijo, y el príncipe se fue con la bella princesa, ambos montados en el caballo de oro. La zorra no se quedó atrás y le dijo al joven:
"Ahora voy a ayudarte a conseguir el pájaro de oro. Cuando estés cerca del palacio donde vive el pájaro, haz que la princesa se baje, yo la cuidaré. Tú ve al patio del palacio con el caballo de oro. Al verlo, habrá mucha alegría y te entregarán el pájaro. Cuando tengas la jaula en la mano, galoparás hacia donde estamos nosotras para recoger a la princesa".
Después de conseguir todo esto y cuando el príncipe se disponía a regresar a casa con sus tesoros, la zorra le dijo: "Ahora debes recompensar mis servicios".
"¿Qué recompensa deseas?", preguntó el joven.
"Cuando lleguemos al bosque, mátame de un tiro y córtame la cabeza y las patas".
"¡Qué bonita forma de agradecimiento sería esa!", exclamó el joven. "No puedo hacerlo". A lo que la zorra respondió:
"Si te niegas, no tengo más remedio que dejarte, pero antes voy a darte otro buen consejo. Ten cuidado con dos cosas: no compres carne de ahorcado y no te sientes al borde de un pozo". Y dichas estas palabras, se adentró en el bosque.
El muchacho pensó: "¡Qué animal tan raro y qué ideas tiene! ¿Quién va a comprar carne de ahorcado? Y en cuanto a sentarme al borde de un pozo, jamás se me ha ocurrido".
Continuó su camino con la bella princesa y tuvo que pasar por el pueblo donde se habían quedado sus hermanos. Notó mucho revuelo y alboroto, y al preguntar la causa, le contestaron que iban a ahorcar a dos hombres. Al acercarse vio que eran sus hermanos, los cuales habían cometido toda clase de fechorías y gastado toda su fortuna. Preguntó si no podría rescatarlos.
"Si queréis pagar por ellos", le respondieron. "¿Pero por qué gastar vuestro dinero en liberar a dos criminales?". Pero él, sin hacer caso a las razones, los rescató, y todos juntos tomaron el camino de su casa.
Al llegar al bosque donde se habían encontrado por primera vez con la zorra, como allí hacía fresco y agradable, y fuera hacía mucho calor, los hermanos dijeron: "Vamos a descansar un poco junto al pozo, comeremos algo y beberemos".
El menor aceptó y, olvidándose por la charla animada de la recomendación de la zorra, se sentó al borde del pozo sin pensar nada malo. Pero los dos hermanos le dieron un empujón y lo echaron al fondo. Seguidamente se pusieron en camino, llevándose a la princesa, el caballo y el pájaro. Al llegar a casa, le dijeron al rey, su padre:
"No solo traemos el pájaro de oro, sino también el caballo de oro y la princesa del Castillo de Oro". Hubo grandes fiestas y alegría, y todo el mundo estaba muy contento, excepto el caballo, que no quería comer, el pájaro, que no quería cantar, y la princesa, que estaba triste y lloraba.
El hermano menor no había muerto, sin embargo. Afortunadamente el pozo estaba seco y cayó sobre un lecho de musgo sin hacerse daño, solo que no podía salir de su prisión. Tampoco en este apuro lo abandonó su fiel zorra, la cual, acudiendo rápidamente, lo regañó por no haber seguido sus consejos.
"A pesar de todo, no puedo abandonarte a tu suerte", dijo la zorra. "Te sacaré otra vez de este apuro". Le indicó que se agarrara a su cola con fuerza, y luego tiró hacia arriba. "Todavía no estás fuera de peligro", le dijo, "porque tus hermanos no están seguros de tu muerte y han puesto guardias en el bosque con orden de matarte si te ven".
El joven cambió sus ropas por las de un pobre viejo que encontró en el camino, y de esta manera pudo llegar al palacio del rey, su padre. Nadie lo reconoció, pero el pájaro se puso a cantar, el caballo a comer, y las lágrimas de los ojos de la princesa se secaron. Admirado, el rey preguntó: "¿Qué significa esto?".
Y la doncella respondió: "No lo sé, pero me sentía muy triste y ahora estoy alegre. Me parece como si hubiera llegado mi legítimo esposo". Y le contó todo lo que le había sucedido, a pesar de las amenazas de muerte que le habían hecho sus dos hermanos si los descubría. El rey reunió a todos los que estaban en el palacio, y así, compareció también su hijo menor, vestido de harapos como un mendigo, pero la princesa lo reconoció enseguida y se le abrazó. Los malvados hermanos fueron detenidos y ejecutados, y él se casó con la princesa y fue el heredero del rey.
Pero, ¿y qué fue de la zorra? Lo vais a saber. Algún tiempo después, el príncipe volvió al bosque y se encontró con la zorra, la cual le dijo:
"Ya tienes todo lo que pudiste desear, en cambio, mi desgracia no tiene fin, a pesar de que está en tus manos salvarme".
Y nuevamente le suplicó que la matara de un tiro y le cortara la cabeza y las patas. Así lo hizo el príncipe, y en el mismo instante la zorra se transformó en un hombre, que no era otro sino el hermano de la bella princesa, el cual, de este modo, quedó libre del hechizo que sobre él pesaba. Y ya nada faltó a la felicidad de todos, mientras vivieron.
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