EL MORRAL, EL SOMBRERILLO Y EL CUERNO -15°-

 

EL MORRAL, EL SOMBRERILLO Y EL CUERNO

 


 

 

Había una vez tres hermanos a los que les iba muy mal. Eran tan pobres que no tenían nada para comer. Entonces dijeron: "Así no podemos seguir. Será mejor que salgamos a buscar fortuna por el mundo".

Se pusieron en camino y anduvieron por muchos lugares, pero la suerte no les sonreía. Un día llegaron a un gran bosque donde había una montaña, y al acercarse vieron que era toda de plata. El hermano mayor dijo: "Ya he encontrado la fortuna que quería, no necesito más". Cogió toda la plata que pudo cargar y se volvió a casa.

Pero los otros dos hermanos dijeron: "Queremos algo más que plata para nuestra fortuna". Y sin tocar el metal, siguieron su camino.

Después de dos o tres días más de camino, llegaron a una montaña de oro puro. El segundo hermano se detuvo y pensó: "¿Qué debo hacer? ¿Coger todo el oro que necesite para el resto de mi vida o seguir adelante?". Al final, decidió llenarse los bolsillos de oro, se despidió de su hermano y regresó a su casa.

El tercer hermano pensó: "El oro y la plata no me importan mucho. Seguiré buscando fortuna, quizás encuentre algo mejor". Siguió caminando y a los tres días llegó a un bosque aún más grande. Era tan extenso que parecía no tener fin. Como no encontraba nada para comer ni beber, el joven estuvo a punto de morir de hambre. Se subió a un árbol alto para ver si veía el final del bosque, pero los árboles se extendían hasta donde alcanzaba la vista.

Cuando bajó del árbol, pensando con mucha hambre: "¡Si al menos pudiera llenarme la barriga!", vio con sorpresa, debajo del árbol, una mesa magníficamente servida, llena de comida deliciosa que olía muy bien. "Por esta vez", pensó, "mis deseos se cumplen justo a tiempo". Y sin pensar quién había preparado todo, se acercó a la mesa y comió hasta saciarse. Cuando terminó, se le ocurrió una idea: "Sería una pena que este bonito mantel se perdiera y estropeara en el bosque". Así que lo dobló cuidadosamente y lo guardó en su morral.

Luego siguió su camino hasta que anocheció. Sintiendo de nuevo hambre, quiso probar el mantel. Lo extendió y dijo: "Quisiera que te llenaras de comida deliciosa otra vez". Y apenas lo dijo, el mantel se cubrió de platos llenos de manjares sabrosos. "Ahora veo", se dijo, "en qué cocina preparan para mí. Esto es mejor que el oro y la plata", porque se dio cuenta de que había encontrado una mesa mágica.

Pero pensando que aquel mantel no era suficiente tesoro para vivir tranquilo y sin preocupaciones en casa, continuó buscando fortuna. Una noche, en un bosque solitario, se encontró con un carbonero, todo negro de carbón y polvo, que estaba haciendo carbón y tenía unas patatas cociéndose para cenar.

"¡Buenas noches, hombre negro!", le dijo saludándolo. "¿Qué tal te va, tan solo?".

"Pues todos los días igual, y cada noche patatas para cenar", respondió el carbonero. "Si te apetece, te invito".

"¡Muchas gracias!", dijo el viajero, "no quiero quitarte tu comida, tú no esperabas invitados. Pero si te conformas con lo que yo pueda ofrecerte, serás tú mi huésped".

"¿Y quién te traerá la comida? Porque por lo que veo, no llevas nada, y en dos horas a la redonda no hay quien te venda comida".

"Aun así", respondió el otro, "te voy a ofrecer una cena como nunca has visto". Sacó el mantel de su mochila, lo extendió en el suelo y dijo: "¡Mantelito, cúbrete!". Y al instante aparecieron guisos y asados, todo caliente como si saliera de la cocina. El carbonero abrió los ojos como naranjas, pero no se hizo rogar, sino que empezó a comer trozos de carne grandes como su puño.

Después de cenar, el carbonero dijo satisfecho: "Oye, me gusta tu mantelito. Me vendría muy bien aquí en el bosque, donde nadie me cocina nada rico. Te propongo un cambio. Mira esa mochila de soldado colgada allí en el rincón. Es vieja y no parece gran cosa, pero tiene poderes maravillosos. Como yo no la necesito, te la cambiaría por tu mantel".

"Primero tengo que saber qué poderes maravillosos son esos que dices", respondió el viajero.

"Te lo voy a explicar", dijo el carbonero. "Cada vez que la golpees con la mano, saldrán un cabo y seis soldados completamente armados, que obedecerán cualquier orden que les des".

"Bien, si no tienes otra cosa", dijo el viajero, "acepto el trato". Le dio el mantel al carbonero, descolgó la mochila del gancho, se la puso al hombro y se despidió.

Después de caminar un rato, quiso probar los poderes de la mochila y la golpeó. Inmediatamente aparecieron los siete soldados, y el cabo preguntó: "¿Qué ordena su señoría?".

"Volved corriendo a buscar al carbonero y exigidle que os devuelva el mantelito".

Los soldados dieron media vuelta y en poco tiempo regresaron con el mantel, que le habían quitado al carbonero sin muchas explicaciones. Entonces les ordenó que se retiraran y siguió su camino, confiando en que la fortuna sería aún mejor. Al atardecer llegó al campamento de otro carbonero que también estaba preparando su cena.

"Si quieres cenar conmigo patatas con sal, pero sin mantequilla, siéntate aquí", le invitó el carbonero.

"No", rechazó el joven. "Por esta vez, tú serás mi invitado". Y desplegó el mantel, que al instante se llenó de comida deliciosa. Cenaron y bebieron juntos, muy contentos, y luego el carbonero dijo:

"Allí, en aquel banco, hay un sombrerillo viejo y gastado, pero tiene propiedades muy especiales. Cuando uno se lo pone y lo gira en la cabeza, salen doce cañones pequeños puestos en fila, que empiezan a disparar y derriban todo lo que tienen delante, sin que nadie pueda resistir sus disparos. A mí el sombrerillo no me sirve de nada, y te lo cambiaría por el mantel".

"De acuerdo", respondió el joven, y cogiendo el sombrerillo se lo puso en la cabeza, dándole al mismo tiempo el mantel al carbonero.

Después de avanzar otro trecho, golpeó la mochila y mandó a los soldados que fueran a recuperar el mantel. "Todo va muy bien", pensó, "y creo que aún no he llegado al final de mi fortuna". Y no se equivocaba, porque al final del día siguiente se encontró con un tercer carbonero que, como los anteriores, lo invitó a cenar sus patatas sin aliñar. El joven también le ofreció una gran cena gracias al mantel mágico, y el carbonero quedó tan satisfecho que le propuso cambiar el mantel por un cuerno con poderes aún mayores que el sombrerillo. Cuando se tocaba, se derrumbaban murallas y fortalezas, y al final, ciudades y pueblos quedaban reducidos a montones de escombros. El joven aceptó el cambio, pero poco después envió a sus soldados a reclamar el mantel, de modo que se quedó con la mochila, el sombrerillo y el cuerno.

"Ahora", se dijo, "ya tengo hecha mi fortuna, y es hora de que vuelva a casa a ver cómo les va a mis hermanos".

Al llegar a su pueblo, vio que sus hermanos, con la plata y el oro que habían recogido, se habían construido una casa hermosa y vivían muy bien. Se presentó ante ellos, pero como llevaba su mochila a la espalda, el viejo sombrerillo en la cabeza y una chaqueta medio rota, se negaron a reconocerlo como su hermano. Se burlaron de él diciendo:

"Pretendes ser nuestro hermano, el que despreció el oro y la plata porque quería algo mejor. Seguro que él volverá con gran lujo, en un carruaje, como un verdadero rey, y no hecho un mendigo". Y le cerraron la puerta en las narices.

Indignado, el joven golpeó su mochila tantas veces que salieron de ella ciento cincuenta hombres bien armados, que se formaron militarmente. Les ordenó rodear la casa, mientras que a dos les mandó buscar varas de avellano y azotar a los dos insolentes hasta que lo reconocieran. Todo aquello causó un gran alboroto. Los habitantes se juntaron para ayudar a los hermanos, pero no pudieron contra los soldados del joven.

Al final, la noticia llegó al rey, quien, enfadado, envió a un capitán con su compañía para echar de la ciudad a esos alborotadores. Pero el hombre de la mochila reunió en un instante un ejército mucho más grande y rechazó al capitán y a sus hombres, que tuvieron que retirarse con la nariz ensangrentada. El rey dijo: "Hay que detener a ese aventurero, cueste lo que cueste".

Al día siguiente envió contra él ejércitos más numerosos, pero no tuvo mejor suerte que el día anterior. El adversario le opuso más gente y, para terminar pronto, dando un par de vueltas a su sombrerillo, empezó a usar la artillería, que derrotó al ejército del rey y lo hizo huir avergonzado. "Ahora no haré las paces", dijo el joven, "hasta que el rey me dé a su hija por esposa y me nombre regente del reino".

Y mandando comunicar su decisión al rey, este le dijo a su hija: "¡Qué dura es la necesidad! ¿Qué remedio me queda sino ceder a lo que exige? Si quiero tener paz y conservar mi corona, tengo que rendirme a sus demandas".

Se celebró la boda, pero la princesa estaba muy enojada porque su marido era un hombre vulgar que siempre llevaba un sombrero destartalado y una mochila vieja a la espalda. ¡Con qué gusto se habría librado de él! Así, pasaba día y noche pensando cómo hacerlo. Se preguntó: "¿Estarán quizás en la mochila sus poderes mágicos?". Y empezó a tratarlo con cariño fingido hasta que, viendo que su corazón se ablandaba, le dijo: "¿Por qué no tiras esa vieja mochila? Te afea tanto que me da vergüenza de ti".

"Querida", le respondió él, "esta mochila es mi mayor tesoro. Mientras la tenga, no temo a ningún poder del mundo". Y le reveló el poder mágico que tenía.

Ella lo abrazó como para besarlo, pero con un movimiento rápido le quitó la mochila del hombro y escapó con ella. En cuanto estuvo sola, empezó a golpearla y ordenó a los soldados que detuvieran a su antiguo señor y lo echaran del palacio. Ellos obedecieron, y la malvada esposa envió aún más soldados con la orden de echarlo del país.

El hombre estaba perdido si no hubiera tenido el sombrerillo. Apenas tuvo las manos libres, le dio un par de vueltas, y al instante empezó a tronar la artillería, destruyéndolo todo. La princesa no tuvo más remedio que presentarse a pedirle perdón.

Por el momento se mostró cariñosa con su marido, simulando amarlo mucho, y supo engañarlo de tal manera que él le confió que, aunque alguien le quitara la mochila, nada podría contra él mientras conservara el sombrerillo. Conociendo su secreto, la mujer esperó a que estuviera dormido, entonces le arrebató el sombrero y lo hizo tirar a la calle.

Pero al hombre todavía le quedaba el cuerno y, en un ataque de cólera, se puso a tocarlo con todas sus fuerzas. Pronto se derrumbaron todas las murallas, fortalezas, ciudades y pueblos, matando al rey y a su hija. Y si no hubiera dejado de tocar el cuerno, con solo haber seguido un poco más, todo habría quedado reducido a un montón de ruinas, sin dejar piedra sobre piedra. Ya nadie se atrevió a resistirlo, y se convirtió en rey de todo el país.

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