EL LADRÓN FULLERO Y SU MAESTRO -12°-
EL LADRÓN FULLERO Y SU MAESTRO
Juan quería que su hijo aprendiera un oficio. Fue a la iglesia y le rezó a Dios para que le dijera qué era lo mejor. El sacristán, que estaba detrás del altar, dijo en voz baja: "¡Ladrón fullero, ladrón fullero!".
Juan volvió con su hijo y le dijo que iba a aprender a ser ladrón fullero, porque eso era lo que Dios había dicho. Se pusieron en camino con el muchacho para buscar a alguien que supiera ese oficio. Después de mucho caminar, llegaron a un gran bosque y encontraron una casita donde vivía una anciana. Juan le preguntó:
"¿Sabe usted de algún hombre que sea bueno en el oficio de ladrón fullero?".
"Aquí mismo lo podrás aprender muy bien", dijo la mujer. "Mi hijo es un maestro en ese arte".
Y Juan habló con el hijo de la vieja: "¿Podría enseñarle a mi hijo el oficio de ladrón fullero?".
El maestro respondió: "Enseñaré a tu hijo como se debe. Vuelve dentro de un año. Si entonces lo reconoces, no tendrás que pagar nada por mi enseñanza. Pero si no lo reconoces, me deberás doscientos ducados".
El padre volvió a casa, y el hijo aprendió con mucha dedicación el arte de la brujería y el oficio de ladrón. Pasó el año, y el padre fue a buscarlo, pensando tristemente por el camino cómo haría para reconocer a su hijo. Mientras caminaba preocupado, miró hacia adelante y vio que se acercaba un hombrecito que le preguntó:
"¿Qué te pasa, buen hombre? Pareces muy preocupado".
"¡Ay!", exclamó Juan. "Hace un año dejé a mi hijo con un maestro ladrón fullero. Me dijo que volviera después de este tiempo, y si no reconocía a mi hijo, tendría que pagarle doscientos ducados. Pero si lo reconocía, no le debería nada. Y ahora tengo mucho miedo de no reconocerlo, porque no sé de dónde sacaré el dinero".
Entonces, el hombrecito le dijo que llevara una corteza de pan y se pusiera con ella debajo de la campana de la chimenea. Sobre el palo donde colgaban las cadenas para cocinar había una cestita, y de ella salía un pajarillo. Ese era su hijo.
Juan entró y cortó una corteza de pan moreno delante de la cesta. Inmediatamente salió de ella un pajarillo y se quedó mirándolo.
"Hola, hijo mío, ¿estás aquí?", dijo el padre.
El hijo se alegró al ver a su padre, mientras el maestro gruñó: "El diablo te lo ha dicho. ¿Cómo, si no, habrías podido reconocer a tu hijo?".
"Padre, vámonos", dijo el muchacho.
El padre emprendió el regreso a casa con su hijo. Por el camino se cruzaron con un coche. Entonces el muchacho dijo: "Voy a transformarme en un gran perro de caza, y así podrás ganar mucho dinero conmigo". Y el señor del coche gritó:
"Buen hombre, ¿quiere venderme ese perro?".
"Sí", respondió el padre.
"¿Cuánto pide?".
"Treinta ducados".
"Es mucho dinero, buen hombre, pero el perro me gusta y me lo quedo".
El señor subió el perro al coche, pero apenas habían avanzado un poco cuando el perro saltó del carruaje por la ventanilla, rompiendo el cristal, desapareció y fue a reunirse con su padre.
Los dos llegaron juntos a casa. Al día siguiente había mercado en el pueblo vecino, y el muchacho le dijo a su padre:
"Ahora me transformaré en un caballo magnífico, y tú me venderás. Pero después de cerrar el trato, debes quitarme la brida, porque si no, no podré volver a ser persona".
El hombre fue al mercado con su caballo, y allí se presentó el maestro de fullerías y le compró el animal por cien ducados. Pero el padre, distraído, se olvidó de quitarle la brida. El comprador se llevó el caballo a su casa y lo metió en el establo. Al pasar la criada por el pasillo, el caballo dijo:
"¡Quítame la brida, quítame la brida!".
La muchacha se detuvo, escuchando atentamente: "¿Cómo? ¿Sabes hablar?".
Fue y le quitó la brida, y el caballo, transformándose en gorrión, salió volando por encima de la puerta. Pero el maestro también se convirtió en gorrión y salió detrás de él. Al alcanzar al otro, empezó la pelea. Pero el maestro, que iba perdiendo, se transformó en pez y se sumergió en el agua. Entonces el joven también se volvió pez y la lucha continuó. El maestro lo estaba pasando mal y tuvo que transformarse de nuevo. Tomó la forma de un pollo, y el joven, la de una zorra. La zorra se lanzó sobre su maestro y le cortó la cabeza de un mordisco.
Y ahí tenéis al maestro muerto, y muerto sigue hasta el día de hoy.
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