El Rey Rana y El Fiel Enrique. -2°-
-EL REY-RANA O EL FIEL ENRIQUE-
En aquellos remotos tiempos, en que bastaba con desear algo para tenerlo, vivía un rey que tenía unas hijas lindísimas, especialmente la menor, que era tan hermosa que hasta el Sol —que tantas cosas había visto— se maravillaba cada vez que sus rayos se posaban sobre el rostro de la muchacha.
Junto al palacio real se extendía un bosque grande y oscuro. En él, bajo un viejo tilo, fluía un manantial. En las horas de más calor, la princesita solía ir al bosque y sentarse a la orilla de la fuente. Cuando se aburría, jugaba con una pelota de oro, arrojándola al aire y recogiéndola con la mano al caer. Era su juguete favorito.
Ocurrió una vez que, en lugar de caer en su manita, la pelota
rodó por el suelo y fue a parar dentro del agua.
La princesita
la siguió con la mirada, pero la pelota desapareció, pues el
manantial era tan profundo, tan profundo, que no se podía ver el
fondo.
La niña se echó a llorar cada vez más fuerte, sin poder consolarse, cuando, en medio de sus lamentaciones, oyó una voz que decía:
—¿Qué te ocurre, princesita? ¡Lloras como para ablandar las piedras!
La niña miró a su alrededor, buscando de dónde provenía la voz, y descubrió una rana que asomaba su gruesa y fea cabezota por la superficie del agua.
—¡Ah! ¿Eres tú, viejo chapoteador? —dijo—. Lloro por mi pelota de oro, que se me cayó en la fuente.
—Cálmate y no llores más —replicó la rana—. Yo puedo arreglarlo. Pero, ¿qué me darás si te devuelvo tu juguete?
—Lo que quieras, mi buena rana —respondió la niña—: mis vestidos, mis perlas y piedras preciosas, hasta la corona de oro que llevo.
Pero la rana contestó:
—No me interesan tus vestidos, ni tus perlas ni piedras preciosas, ni tu corona de oro. Pero si estás dispuesta a quererme, si me aceptas por tu amiga y compañera de juegos, si dejas que me siente a tu lado en la mesa, coma de tu platito de oro, beba de tu vasito y duerma en tu camita… si me prometes todo esto, bajaré al fondo y te traeré la pelota.
—¡Oh, sí! —exclamó ella—. Te prometo cuanto quieras, con tal de que me devuelvas la pelota.
Pero pensaba para sus adentros:
"¡Qué tonterías
se le ocurren a este animalejo! Tiene que quedarse en el agua con sus
semejantes, croando todo el día. ¿Cómo podría ser compañera de
las personas?"
Obtenida la promesa, la rana se zambulló en el agua y, al poco rato, volvió a salir nadando con la pelota en la boca. La colocó en la hierba, y la princesita, loca de alegría al ver nuevamente su hermoso juguete, lo recogió y echó a correr con él.
—¡Aguarda, aguarda! —le gritó la rana—. ¡Llévame contigo! ¡No puedo alcanzarte! ¡No corro tan rápido como tú!
Pero de nada le sirvió desgañitarse y gritar “¡croac, croac!” con todas sus fuerzas. La niña, sin atender a sus gritos, siguió corriendo hacia el palacio, y pronto se olvidó por completo de la pobre rana, que no tuvo más remedio que volver a zambullirse en su charca.
Al día siguiente, cuando la princesita estaba sentada a la mesa junto al rey y todos los cortesanos, comiendo en su platito de oro, se oyó un ruidito: plis, plas, plis, plas, que subía fatigosamente las escaleras de mármol del palacio. Luego llamaron a la puerta:
—Princesita, la menor de las princesitas, ¡ábreme!
Ella corrió a la puerta para ver quién llamaba y, al abrir, encontró a la rana allí plantada. Cerró de un portazo y volvió a la mesa, llena de zozobra. Al observar el rey cómo le latía el corazón, le dijo:
—Hija mía, ¿de qué tienes miedo? ¿Acaso hay algún gigante que quiere llevarte?
—No —respondió ella—, no es un gigante, sino una rana asquerosa.
—¿Y qué quiere de ti esa rana?
—¡Ay, padre querido! Ayer, estando en el bosque, se me cayó al agua la pelota de oro. Mientras lloraba, la rana me la trajo. Pero me hizo prometer que sería su compañera. Jamás pensé que pudiera alejarse de su charca, ¡y ahora está ahí afuera y quiere entrar!
Entonces se oyó por segunda vez la voz:
Princesita, la más niña,
ábreme.
¿No sabes lo que ayer
me dijiste
junto a la fresca fuente?
Princesita, la más niña,
ábreme.
Dijo entonces el rey:
—Lo que prometiste debes cumplirlo. Ve y ábrele la puerta.
La niña fue a abrir, y la rana saltó dentro, siguiéndola hasta su silla. Al sentarse la princesa, la rana se plantó ante sus pies y gritó:
—¡Súbeme a tu silla!
La princesita vaciló, pero el rey le ordenó que lo hiciera. La rana quiso entonces subir a la mesa, y, ya acomodada, dijo:
—Acércame tu platito de oro para que podamos comer juntas.
La niña la complació, aunque se notaba que obedecía a regañadientes. La rana comía a gusto, mientras que a la princesa se le atragantaban los bocados.
Finalmente, dijo la bestezuela:
—¡Ay! Estoy llena y me siento cansada. Llévame a tu cuarto y arregla tu camita de seda. Dormiremos juntas.
La princesita se echó a llorar; le repugnaba aquel bicho frío, que ni siquiera se atrevía a tocar. Y ahora pretendía dormir en su cama. Pero el rey, enojado, le dijo:
—No debes despreciar a quien te ayudó cuando estabas en apuros.
La tomó, pues, con dos dedos, la llevó arriba y la depositó en
un rincón.
Pero cuando ya se había acostado, la rana se acercó
dando saltitos y exclamó:
—Estoy cansada y quiero dormir tan bien como tú. ¡Súbeme a tu cama, o se lo diré a tu padre!
La princesita perdió la paciencia. Cogió a la rana y, con todas sus fuerzas, la arrojó contra la pared.
—¡Ahora descansarás, asquerosa!
Pero en cuanto la rana cayó al suelo, dejó de ser rana y se convirtió en un príncipe, apuesto, de bellos ojos y dulce mirada. El rey lo aceptó como compañero y esposo de su hija.
Él le contó que una bruja malvada lo había encantado, y que solo ella podía desencantarlo y sacarlo de la charca. Al día siguiente, se marcharían a su reino.
Durmieron. Y a la mañana siguiente, al despertarlos el sol, llegó
una carroza tirada por ocho caballos blancos, adornados con penachos
de plumas de avestruz y cadenas de oro.
Detrás iba, de pie, el
criado del joven rey: el fiel Enrique.
Este leal servidor había sentido tal pena al ver a su señor transformado en rana, que se había mandado colocar tres aros de hierro en torno al corazón para evitar que le estallase de dolor y tristeza.
La carroza debía conducir al joven rey a su reino.
El fiel
Enrique acomodó en ella a la pareja y volvió a montar en el
pescante posterior, rebosante de gozo por la liberación de su señor.
Cuando ya habían recorrido parte del camino, el príncipe oyó un estallido detrás, como si algo se rompiese. Volviéndose, dijo:
—¡Enrique, que el coche estalla!
—No, no es el coche lo que falla —respondió Enrique—
Es un aro de mi corazón,
que ha estado lleno de
aflicción,
mientras viviste en la fontana,
convertido en
rana.
Por segunda y tercera vez se oyó aquel chasquido durante el trayecto, y siempre creyó el príncipe que la carroza se rompía. Pero no era así: eran los aros del corazón del fiel Enrique, que saltaban de alegría al ver a su amo redimido y feliz.



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