EL MOZO QUE QUERÍA APRENDER LO QUE ES EL MIEDO -4°-

EL MOZO QUE QUERÍA APRENDER 

LO QUE ES EL MIEDO


 


Érase un padre que tenía dos hijos. El mayor era listo, despierto y capaz de salir bien de todas las situaciones. En cambio, el menor era un verdadero zoquete, incapaz de comprender ni aprender nada. Cuando la gente lo veía, no podía evitar exclamar:

"¡Este sí que va a ser la cruz de su padre!"

Para todas las tareas se recurría al mayor, excepto cuando había que salir por la noche a buscar algo y pasar cerca del cementerio o de algún otro lugar lúgubre. Entonces, el mozo mayor solía resistirse:

"No, padre, no puedo ir. ¡Me da mucho miedo!"

Era un joven miedoso. En las veladas familiares, cuando alguien contaba una historia escalofriante alrededor del fuego, los oyentes exclamaban:

"¡Oh, qué miedo!"

El hijo menor, sentado en un rincón, escuchaba aquellas exclamaciones sin comprender su significado.

"Siempre están diciendo: '¡Tengo miedo! ¡Tengo miedo!', pero yo no lo tengo. Debe ser alguna habilidad de la que no entiendo nada."

Un buen día, su padre le dijo:

"Oye tú, del rincón: ya eres mayor y robusto. Es hora de que aprendas algo con lo que puedas ganarte el pan. Mira cómo tu hermano se esfuerza, mientras que contigo todo es inútil, como si machacaras hierro frío."

"Tenéis razón, padre", respondió el muchacho. "Yo también quiero aprender algo. Si no os pareciera mal, me gustaría aprender a tener miedo, porque de eso no sé ni pizca."

El mayor se echó a reír al escucharlo, pensando:

"¡Santo Dios, qué bobo es mi hermano! Nunca saldrá nada bueno de él."

El padre suspiró y le respondió:

"Día vendrá en que sepas lo que es el miedo, pero con eso no vas a ganarte el sustento."







El Rey hizo llevar aquellos objetos al castillo.



Despachados ya aquellos dos y cuando se disponía a instalarse de nuevo junto al fuego, de todos los


rincones y esquinas empezaron a salir gatos y perros negros, en número cada vez mayor, hasta el


punto de que ya no sabía él donde meterse. Aullando lúgubremente, pisotearon el fuego, intentando


esparcirlo y apagarlo. El mozo estuvo un rato contemplando tranquilamente aquel espectáculo hasta


que, al fin, se amoscó y, empuñando la cuchilla y gritando:


¡Fuera de aquí, chusma asquerosa!,


arremetió contra el ejército de alimañas. Parte de los animales escapó corriendo; el resto los mató, y


arrojó sus cuerpos al estanque.



De vuelta al aposento, reunió las brasas aún encendidas, las sopló para reanimar el fuego y se sentó


nuevamente a calentarse. Y estando así sentado, le vino el sueño, con una gran pesadez en los ojos.


Miró a su alrededor, y descubrió en una esquina una espaciosa cama. A punto vienes, dijo. y se


acostó en ella sin pensarlo más.



Pero apenas había cerrado los ojos cuando el lecho se puso en movimiento, como si quisiera


recorrer todo el castillo.


¡Tanto mejor!, se dijo el mozo.


Y la cama seguía rodando y moviéndose, como tirada por seis caballos, cruzando umbrales y


subiendo y bajando escaleras. De repente, ¡hop!, un vuelco, y queda la cama patas arriba, y su


ocupante debajo como si se le hubiese venido una montaña encima.


Lanzando al aire mantas y almohadas, salió de aquel revoltijo, y, exclamando:


¡Que pasee quien tenga ganas!


Volvió a la vera del fuego y se quedó dormido hasta la madrugada.


A la mañana siguiente se presentó el Rey, y, al verlo tendido en el suelo, creyó que los fantasmas lo


habrían matado.


¡Lástima, tan guapo mozo! Dijo.



Oyólo el muchacho e, incorporándose, exclamó:


-!No están aún tan mal las cosas!


El Rey, admirado y contento, preguntóle qué tal había pasado la noche.


-¡Muy bien!-respondió el interpelado.


He pasado una. también pasaré las dos que quedan.

Al entrar en la posada, el hostelero se quedó mirándolo como quien ve visiones.


-Jamás pensé volver a verte vivo le dijo. Supongo que ahora sabrás lo que es el miedo.


-No-replicó el muchacho. Todo es inútil.


¡Ya no sé qué hacer!


Al llegar la segunda noche, encaminóse de nuevo al castillo y, sentándose junto al fuego, volvió a la


vieja canción: Si siquiera supiese lo que es el miedo. Antes de media noche oyóse un estrépito.


Quedo al principio, luego más fuerte; siguió un momento de silencio, y, al fin, emitiendo un


agudísimo alarido bajó por la chimenea la mitad de un hombre y fue a caer a sus pies.


Caramba! exclamó el joven. Aquí falta una mitad.


¡Hay que tirar más!


Volvió a oírse el estruendo, y, entre un alboroto de gritos y aullidos, cayó la otra mitad del hombre.


-Aguarda-exclamó el muchacho. Voy a avivarte el fuego.


Cuando, ya listo, se volvió a mirar a su alrededor, las dos mitades se habían soldado, y un hombre


horrible estaba sentado en su sitio.


Eh, amigo, que éste no es el trato! dijo. El banco es mío.


El hombre quería echarlo, pero el mozo, empeñado en no ceder, lo apartó de un empujón y se


instaló en su asiento.


Bajaron entonces por la chimenea nuevos hombres, uno tras otro, llevando nueve tibias y dos


calaveras, y, después de colocarlas en la posición debida, comenzaron a jugar a bolos. Al muchacho


le entraron ganas de participar en el juego y les preguntó:



Hola!, ¿puedo jugar yo también?


-Si, si tienes dinero.


-Dinero tengo respondió él. Pero vuestros bolos no son bien redondos.


Y, cogiendo las calaveras, las puso en el torno y las modeló debidamente:


Ahora rodarán mejor dijo.


¡Así da gusto!

Jugó y perdió algunos florines; pero al dar las doce, todo desapareció de su vista. Se tendió y


durmió tranquilamente.


A la mañana siguiente presentóse de nuevo el Rey, curioso por saber lo ocurrido.


-¿Cómo lo has pasado esta vez?-preguntóle.


Estuve jugando a los bolos y perdí unos cuantos florines.


Y no sentiste miedo?


¡Qué va replicó el chico. Me he divertido mucho. ¡


Ah. si pudiese saber lo que es el miedo!


La tercera noche, sentado nuevamente en su banco, suspiraba mohíno y malhumorado:


¡Por qué no puedo sentir miedo!».


Era ya bastante tarde cuando entraron seis hombres fornidos llevando un ataúd.


Dijo él entonces:


-Ahí debe de venir mi primito, el que murió hace unos días.


Y, haciendo una seña con el dedo, lo llamó:


Ven, primito, ven aquí!



Los hombres depositaron el féretro en el suelo. El mozo se les acercó y levantó la tapa: contenía un


cuerpo muerto. Tocóle la cara, que estaba fría como hielo.



-Aguarda-dijo, voy a calentarte un poquito.



Y, volviéndose al fuego a calentarse la mano, la aplicó seguidamente en el rostro del cadáver; pero


éste seguía frío. Lo saco entonces del ataúd, sentóse junto al fuego con el muerto sobre su regazo, y


se puso a frotarle los brazos para reanimar la circulación. Como tampoco eso sirviera de nada, se le


ocurrió que temiéndolo en la cama podría calentarlo mejor. Lo acostó, pues, lo arropó bien y se


echó a su lado. Al cabo de un rato, el muerto empezó a calentarse y a moverse. Dijo entonces el


mozo:


-Ves, primito, como te he hecho entrar en calor!

Pero el muerto se incorporó, gritando:


-¡Te voy a estrangular!


-¿Esas tenemos? exclamó el muchacho.


¿Así me lo agradeces? Pues te volverás a tu ataúd.


Y, levantándolo, metiólo en la caja y cerró la tapa. En esto entraron de nuevo los seis hombres y se


lo llevaron.



-No hay manera de sentir miedose dijo. Está visto que no me enteraré de lo que es, aunque pasara


aquí toda la vida. Apareció luego otro hombre, más alto que los anteriores, y de terrible aspecto;


pero era viejo y llevaba una luenga barba blanca.


-¡Ah, bribonzuelo exclamó pronto sabrás lo que es miedo, pues vas a morir!



-Calma, calma!-replicó el mozo. Yo también tengo algo que decir en este asunto.


-Deja que te agarre dijo el ogro.


-Poquito a poco. Lo ves muy fácil. Soy tan fuerte como tú, o más.


-Eso lo veremos replicó el viejo. Si lo eres, te dejaré marchar.



-Ven conmigo, que haremos la prueba.


Y, a través de tenebrosos corredores, lo condujo a una fragua. Allí empuñó un hacha, y de un


hachazo clavó en el suelo uno de los yunques.


-Yo puedo hacer más dijo el muchacho, dirigiéndose al otro yunque.


El viejo, colgante la blanca barba, se colocó a su lado para verlo bien. Cogió el mozo el hacha, y de


un hachazo partió el yunque, aprisionando de paso la barba del viejo.


-Ahora te tengo en mis manos le dijo: tú eres quien va a morir.


Y, agarrando una barra de hierro, la emprendió con el viejo hasta que éste, gimoteando, le suplicó


que no le pegara más; en cambio, le daría grandes riquezas. El chico, desclavó el hacha y lo soltó.


Entonces el hombre lo acompañó nuevamente al palacio, y en una de las bodegas le mostró tres


arcas llenas de oro:


-Una de ellas es para los pobres; la otra, para el Rey, у la tercera, para ti.



Dieron en aquel momento las doce, y el trasgo desapareció, quedando el muchacho sumido en


tinieblas.


-De algún modo saldré de aquí se dijo.


Y. moviéndose a tientas, al cabo de un rato dio con un camino que lo condujo a su aposento, donde


se echó a dormir junto al fuego.



A la mañana siguiente compareció de nuevo el Rey y le dijo:



-Bien, supongo que ahora sabrás ya lo que es el miedo.


-No-replicó el muchacho ¿Qué es? Estuvo aquí mi primo muerto, y después vino un hombre


barbudo, el cual me mostró los tesoros que hay en los sótanos; pero de lo que sea el miedo, nadie


me ha dicho una palabra.


Dijo entonces el Rey:


-Has desencantado el palacio y te casarás con mi hija.



-Todo eso está muy bien- repuso él. Pero yo sigo sin saber lo que es el miedo.



Sacaron el oro y celebróse la boda. Pero el joven príncipe, a pesar de que quería mucho a su esposa


y se sentía muy satisfecho, no cesaba de suspirar:


¡Si al menos supiese lo que es el miedo!



Al fin, aquella cantinela acabó por irritar a la princesa. Su camarera le dijo:


-Yo lo arreglaré. Voy a enseñarle lo que es el miedo.



Se dirigió al riachuelo que cruzaba el jardín y mandó que le llenaran un barreño de agua con


muchos pececillos. Por la noche, mientras el joven dormía, su esposa, instruída por la camarera, le


quitó bruscamente las ropas y le echó encima el cubo de agua fría con los peces, los cuales se


pusieron a coletear sobre el cuerpo del muchacho.


Este despertó de súbito y echó a gritar:


¡Ah, qué miedo, qué miedo, mujercita mia!



¡Ahora sí que sé lo que es el miedo!



 


 

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