EL GATO Y EL RATÓN HACEN VIDA EN COMÚN. -3°-

El gato y el ratón hacen vida en común

 


 

Un gato entabló amistad con un ratón y, entre muestras de cariño y confianza, logró convencerlo de compartir una casa y hacer vida en común.

—Pero debemos pensar en el invierno, de lo contrario pasaremos hambre —dijo el gato—. Tú, ratoncito, no puedes aventurarte por todas partes; tarde o temprano caerás en alguna ratonera.

Siguiendo aquel previsor consejo, compraron un pequeño puchero lleno de manteca. Sin embargo, pronto surgió el dilema de dónde guardarlo. Tras una larga reflexión, el gato propuso:

—Mira, el mejor lugar es la iglesia. Allí nadie se atreve a robar nada. Lo esconderemos debajo del altar y no lo tocaremos hasta que sea necesario.

Así, el pucherito quedó a buen recaudo. Pero no pasó mucho tiempo antes de que, cierto día, el gato sintiera el impulso de probar la golosina y dijera al ratón:

—Oye, ratoncito, una prima mía me ha hecho padrino de su hijo. Ha nacido un pequeño con piel blanca y manchas pardas, y quieren que yo lo lleve a la pila bautismal. Así que hoy debo marcharme; cuida tú de la casa.

—Muy bien —respondió el ratón—, vete en nombre de Dios. Y si te dan algo rico para comer, acuérdate de mí. También yo chuparía a gusto un poco de vinito de la fiesta.

Pero todo era mentira. Ni el gato tenía prima ni lo habían hecho padrino. Fue directamente a la iglesia, se deslizó hasta el puchero y, sin titubear, lamió toda la capa exterior de la grasa. Luego aprovechó para pasearse por los tejados de la ciudad antes de tenderse al sol, relamiéndose los bigotes cada vez que recordaba la sabrosa olla. No regresó hasta el anochecer.

—Bien, ya estás de vuelta —dijo el ratón—. Seguro que pasaste un buen día. —No estuvo mal —respondió el gato. —¿Y qué nombre le habéis puesto al pequeño? —inquirió el ratón. —Empezado —repuso el gato secamente. —¿Empezado? —exclamó el ratón—. ¡Vaya nombre raro y estrambótico! ¿Es común en vuestra familia? —¿Qué tiene de particular? —replicó el gato—. No es peor que "Robamigas", como se llaman tus padres.

No pasó mucho tiempo antes de que al gato le viniera otro antojo. Se dirigió al ratón y le dijo:

—Tendrás que volver a hacerme el favor de cuidar la casa. Me han pedido que sea padrino nuevamente, y como el pequeño ha nacido con una faja blanca en torno al cuello, no puedo negarme.

El ratón, confiado, aceptó. Pero el gato, sin más demora, rodeó la muralla de la ciudad, llegó a la iglesia y se comió la mitad del puchero.

—Nada sabe mejor que lo que uno mismo se come —se dijo para sus adentros.

Regresó a casa satisfecho, y el ratón preguntó: —¿Qué nombre le habéis puesto esta vez? —Mitad —contestó el gato.

—¿Mitad? ¡Qué ocurrencia! Nunca había oído semejante nombre; apuesto a que no hay otro igual.

Pero el gato aún no estaba saciado.

—Las cosas buenas vienen siempre de tres en tres —dijo al ratón—. Me han pedido otra vez que sea padrino. En esta ocasión, el pequeño es negro del todo, salvo por las patitas blancas. Fuera de ellas, ni un solo pelo blanco en su cuerpo. Esto ocurre muy rara vez. ¿Te importa que vaya?

—¡Empezado, Mitad! —murmuró el ratón—. Esos nombres me hacen pensar...

—Es porque pasas todo el día en casa con tu levitón gris y tu larga trenza —respondió el gato—. Te llenas de manías. Estas cavilaciones se deben a que nunca sales.

Mientras su compañero estaba fuera, el ratón ordenó la casita hasta dejarla como la plata, mientras el glotón devoraba el resto del puchero en la iglesia.

—Uno no está tranquilo hasta que ha terminado todo —dijo el gato para sí.

No volvió a casa hasta bien entrada la noche.

—¿Cómo llamaron al tercer gatito? —preguntó el ratón. —Terminado —respondió el gato.

—¡Terminado! —exclamó el ratón—. Ese sí que es el nombre más raro de todos. Nunca lo vi escrito en letra impresa. ¡Terminado! ¿Qué significará?

Moviendo la cabeza, el ratón se hizo un ovillo y se echó a dormir.

Llegó el invierno y la comida escaseaba. Al recordar sus provisiones, el ratón propuso: —Anda, gato, vamos a buscar el puchero de manteca que guardamos; ahora nos vendrá de perlas.

—Sí —respondió el gato—, te sabrá igual que cuando sacas la lengua por la ventana.

Salieron juntos. Al llegar al escondrijo, allí estaba el puchero, pero vacío.

—¡Ay! —exclamó el ratón—. Ahora lo comprendo todo. ¡Te lo comiste todo cuando fingías ser padrino! Primero "Empezado", luego "Mitad", y luego...

—¡Vas a callarte! —rugió el gato—. ¡Si añades una palabra más, te devoro!

Pero el ratón no pudo contenerse. Apenas pronunció "Terminado", el gato saltó sobre él y lo tragó de un solo bocado.

Así van las cosas en este mundo.


 

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