SEIS QUE LO SABEN TODO -33°-
SEIS QUE LO SABEN TODO
Había una vez un hombre muy bueno en muchas cosas. Estuvo en el ejército y fue valiente, pero cuando terminó la guerra lo despidieron dándole solo unas pocas monedas.
"Esperad un poco", dijo él, "nadie se va a reír de mí. Cuando encuentre a los hombres que necesito, ni todo el dinero del Rey será suficiente para pagarme".
Se fue muy enfadado y, al cruzar un bosque, vio a un hombre que arrancaba seis árboles de raíz como si fueran hierbas. Le dijo: "¿Quieres ser mi ayudante y venirte conmigo?".
"Sí", respondió el hombre, "pero primero déjame llevarle a mi madre este pequeño montón de leña". Agarró uno de los troncos, lo usó como cuerda para atar los otros cinco, se echó el haz al hombro y se lo llevó. Al poco rato volvió, y él y su nuevo jefe se pusieron en camino. El jefe le dijo: "Los dos juntos vamos a lograr grandes cosas".
Caminaron un rato y encontraron a un cazador que estaba de rodillas apuntando con su escopeta. El jefe le preguntó: "¿A qué apuntas, cazador?".
El cazador respondió: "A dos millas de aquí hay una mosca posada en la rama de un roble, y quiero darle en el ojo izquierdo". "¡Vente con nosotros!", dijo el jefe, "los tres juntos vamos a lograr grandes cosas".
El cazador aceptó y se unió a ellos. Pronto llegaron a un lugar donde había siete molinos de viento que giraban muy rápido, aunque no soplaba ni la más mínima brisa y ni una sola hoja se movía. El hombre dijo: "No sé qué mueve estos molinos, porque no hay nada de viento", y siguió su camino con sus compañeros.
Caminaron otras dos millas y vieron a un hombre subido a un árbol que, tapándose una ventana de la nariz con un dedo, soplaba por la otra.
"Oye, ¿qué estás haciendo ahí arriba?", le preguntó el hombre. El otro respondió: "A dos millas de aquí hay siete molinos de viento, y estoy soplando para hacerlos girar".
"Ven con nosotros", le dijo el otro, "los cuatro juntos vamos a lograr grandes cosas".
El que soplaba bajó del árbol y se unió a los demás. Después de un buen rato, se encontraron con un hombre que estaba de pie sobre una sola pierna; se había quitado la otra y la tenía a su lado. El jefe le dijo: "¡Qué buena idea has tenido para descansar!".
"Soy muy rápido corriendo", respondió el hombre, "y me he quitado una pierna para no ir tan deprisa; cuando corro con las dos piernas, ni los pájaros pueden seguirme".
"Ven con nosotros, que los cinco juntos vamos a lograr grandes cosas".
Se fue con ellos, y poco después se encontraron con otro que llevaba el sombrero puesto sobre una oreja.
"¡Qué elegancia!", exclamó el soldado, "¡Quítate el sombrero de la oreja y póntelo en la cabeza! Parece que te falta un tornillo".
"No lo haré", respondió el otro, "porque si me lo pongo en la cabeza, empezará a hacer un frío tan terrible que los pájaros del cielo se congelarán y caerán muertos".
"Vente con nosotros", dijo el jefe, "que los seis juntos vamos a lograr grandes cosas".
Y el grupo llegó a la ciudad cuyo rey había anunciado que se casaría con su hija el hombre que corriera contra ella y la ganara. Pero si perdía, también perdería la cabeza. El jefe se presentó al Rey y le dijo: "Haré que uno de mis ayudantes corra por mí".
El Rey contestó: "Bien, pero con la condición de que tú también pongas tu cabeza como garantía. Si él pierde, los dos moriréis".
Aceptada la condición, el hombre mandó al corredor que se pusiera la otra pierna y le dijo: "Ahora, listo, y procura que ganemos".
Se había acordado que el ganador sería el que volviera primero de una fuente muy lejana, trayendo un jarro de agua. Dieron un jarro a la princesa y otro a su competidor, y los dos salieron al mismo tiempo. Pero en un instante, cuando la princesa apenas había corrido un poco, el corredor ya se había perdido de vista, como si se lo hubiera llevado el viento.
Llegó a la fuente y, después de llenar el jarro de agua, empezó a volver. Pero a mitad del camino se sintió cansado y, dejándose caer al suelo con el jarro a su lado, se quedó dormido. Tuvo la precaución de usar como almohada un cráneo duro de caballo que encontró por allí, para que lo duro no le dejara dormir mucho.
Mientras tanto, la princesa, que era muy buena corredora, tanto como cualquier persona normal, también había llegado a la fuente y, llenando el jarro, había emprendido el regreso. Al ver a su rival dormido en el suelo, se alegró y dijo: "¡El enemigo está en mis manos!". Y, vaciándole el jarro, siguió su camino.
Todo se habría perdido si no fuera por el cazador de los ojos de lince, que había visto todo desde la azotea del palacio. Pensó para sí mismo: "Pues la hija del Rey no se va a salir con la suya". Y, cargando su escopeta, disparó con tanta puntería que le dio al cráneo que servía de almohada al durmiente, sin tocarlo a él. El corredor se despertó de golpe y se dio cuenta de que su jarro estaba vacío y la princesa le llevaba ventaja. No se desanimó por tan poco; volvió a la fuente, llenó el jarro de nuevo y llegó al palacio diez minutos antes que su competidora. "Ahora sí que he corrido de verdad", dijo, "lo que hice al ir no se puede llamar correr".
Pero al Rey, y sobre todo a su hija, no les gustaba la idea de que se casara con un simple soldado, así que pensaron en cómo deshacerse de él y de sus hombres. El Rey dijo: "He pensado en algo, no te preocupes; verás cómo nos libramos de ellos". Y, dirigiéndose a los seis, les dijo: "Ahora tenéis que celebrar vuestra victoria con una buena comida". Los llevó a una sala que tenía el suelo y las puertas de hierro; las ventanas también estaban protegidas con barrotes gruesos de hierro. En la habitación habían puesto una mesa con comida deliciosa, y el Rey continuó: "¡Entrad ahí y disfrutad!".
Y cuando ya estuvieron dentro, mandó cerrar las puertas y poner los cerrojos. Luego llamó al cocinero y le ordenó que encendiera fuego debajo de la habitación y lo mantuviera encendido todo el tiempo necesario para que el hierro se pusiera al rojo vivo. El cocinero obedeció, y al poco tiempo los seis invitados encerrados en la habitación empezaron a sentir un calor intenso. Al principio creyeron que era por lo bien que habían comido, pero al aumentar la temperatura, intentaron salir y se encontraron con que las puertas y ventanas estaban cerradas. Entonces comprendieron el malvado plan del Rey.
"¡Pues no se va a salir con la suya!", exclamó el del sombrero. "Voy a provocar una helada tan grande que el fuego se apagará de vergüenza".
Y, poniéndose el sombrero en la cabeza, a los pocos momentos empezó a sentirse un frío muy fuerte, hasta el punto de que la comida se congeló en los platos. Después de un par de horas, creyendo el Rey que ya estarían todos quemados, mandó abrir la puerta y fue personalmente a ver el resultado de su trampa. Y al abrirse la puerta, salieron los seis, frescos y sanos, diciendo que ya tenían ganas de salir para calentarse un poco, porque en aquella habitación hacía tanto frío que hasta la comida se había congelado. El Rey, furioso, fue a regañar al cocinero por no haber cumplido sus órdenes. Y el hombre respondió: "Pues hay un buen fuego, que lo vea Su Majestad".
Entonces el Rey pudo comprobar que debajo del suelo de hierro de la habitación ardía un fuego enorme, y comprendió que no podría hacer nada contra esa gente.
Después de pensar mucho, siempre buscando la manera de deshacerse de esos huéspedes tan molestos, mandó llamar al jefe de los seis y le dijo: "¿Quieres oro a cambio de la mano de mi hija? Te daré todo lo que quieras".
"De acuerdo, Señor Rey", respondió el jefe, "con que me deis lo que pueda llevar uno de mis ayudantes, renunciaré a vuestra hija".
El Rey se puso muy contento, y el otro continuó: "Dentro de dos semanas volveré a buscarlo".
Y acto seguido, reunió a todos los sastres del país, los cuales pasaron catorce días cosiendo un saco. Cuando estuvo terminado, el forzudo de los seis, aquel que arrancaba los árboles de raíz, se lo echó a la espalda y se presentó al Rey. Este exclamó: "¡Vaya hombre fuerte, que lleva sobre sus hombros un saco de tela como una casa!". Y pensó, asustado: "¡Cuánto oro podrá llevar!". Ordenó que trajeran una tonelada, para lo cual se necesitaron dieciséis de sus hombres más fuertes; pero el forzudo lo levantó con una sola mano y, metiéndolo en el saco, dijo: "¿Por qué no traéis más? ¡Esto apenas llena el fondo del saco!".
Y así, el Rey tuvo que entregar poco a poco todo su tesoro, que el forzudo fue metiendo en el saco, y aún así no se llenó más que hasta la mitad.
"¡Que traigan más!", decía el hombre. "¿Qué hago con estos puñaditos?".
Hubo que enviar carros a todo el reino, y se cargaron siete mil carretas, que el forzudo metió en el saco junto con los bueyes que las arrastraban.
"No seré exigente", dijo, "y meteré lo que venga, con tal de llenar el saco". Cuando ya no quedaba nada por cargar, dijo: "Terminemos de una vez; bien puede atarse un saco aunque no esté lleno del todo". Y, echándoselo a cuestas, fue a reunirse con sus compañeros.
Al ver el Rey que aquel hombre solo se marchaba con las riquezas de todo el país, ordenó, furioso, que saliera la caballería en persecución de los seis, con orden de quitarle el saco al forzudo. Dos regimientos no tardaron en alcanzarlos y les gritaron: "¡Rendíos! ¡Dejad el saco del oro, si no queréis que os hagamos polvo!".
"¿Qué dice?", exclamó el que soplaba, "¿que nos rindamos? ¡Antes vais a volar todos por el aire!". Y, tapándose una ventana de la nariz, se puso a soplar por la otra en dirección a los dos regimientos, los cuales, en un abrir y cerrar de ojos, quedaron dispersos, con los hombres y los caballos volando por los aires, cayendo más allá de las montañas. Un sargento mayor pidió clemencia, diciendo que tenía nueve heridas y era un hombre valiente que no merecía esa humillación. El que soplaba aflojó un poco para dejarlo aterrizar sin daño, y luego le dijo: "Ve al Rey y dile que mande más caballería, porque tengo muchas ganas de hacerla volar toda".
Cuando el Rey oyó el mensaje, exclamó: "¡Dejadlos marchar; no hay quien pueda con ellos!". Y los seis se llevaron el tesoro a su país, donde se lo repartieron y vivieron felices el resto de su vida.

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