LOS TRES PELOS DE ORO DEL DIABLO -5°-

LOS TRES PELOS DE ORO DEL DIABLO


 



Había una vez una mujer muy pobre que tuvo un hijo. Como el niño nació envuelto en una especie de tela que significaba buena suerte, le dijeron que cuando cumpliera catorce años se casaría con la hija del Rey.

Unos días después, el Rey pasó por el pueblo sin que nadie lo reconociera. Al preguntar qué había de nuevo, le respondieron: "Hace poco nació un niño con una tela de la suerte. A quien le pasa esto, la fortuna lo protege. También le han dicho que a los catorce años se casará con la hija del Rey".

El Rey, que era un hombre de corazón duro, se enfadó al oír esa predicción. Fue a buscar a los padres y les dijo con voz amable: "Vosotros sois muy pobres; dejadme a vuestro hijo, que yo lo cuidaré".

Al principio, los padres no querían, pero el desconocido les ofreció una buena bolsa de oro. Pensaron: "Ha nacido con buena suerte; será por su bien". Y al final aceptaron y le entregaron al niño.

El Rey metió al niño en una caja pequeña y siguió su camino hasta que llegó a la orilla de un río profundo. Tiró la caja al agua y pensó: "Así he librado a mi hija de un pretendiente inesperado".

Pero la caja, en lugar de hundirse, flotó como un barquito sin que le entrara ni una gota de agua. Y así siguió río abajo hasta llegar a unos tres kilómetros de la capital del reino, donde se quedó parada en la presa de un molino.

Uno de los trabajadores del molino, que por suerte estaba allí y la vio, sacó la caja con un gancho, creyendo que encontraría algún tesoro. Al abrirla, vio a un niño hermoso, alegre y lleno de vida. El trabajador llevó al niño al molinero y a su esposa, que no tenían hijos y exclamaron: "¡Dios nos lo envía!".

Cuidaron con mucho cariño al niño abandonado, que creció sano, fuerte y con buenas cualidades.

Un día, el Rey, sorprendido por una tormenta, entró al molino para refugiarse y les preguntó a los molineros si aquel muchacho guapo era hijo suyo.

"No", respondieron ellos, "es un niño que encontramos abandonado hace catorce años en una caja, en la presa del molino".

El Rey comprendió que no podía ser otro que aquel niño de la suerte que había tirado al río, y dijo: "Buena gente, ¿dejaríais que el chico llevara una carta mía a la Reina? Le daré dos monedas de oro por el favor".

"¡Como ordene el Señor Rey!", respondieron los dos ancianos, y mandaron al muchacho que se preparara.

El Rey escribió entonces una carta a la Reina que decía: "En cuanto se presente el muchacho con esta carta, lo mandarás matar y enterrar, y esta orden debe cumplirse antes de que yo vuelva".

El muchacho se puso en camino con la carta, pero se perdió y al anochecer llegó a un gran bosque. Vio una luz en la oscuridad y se dirigió hacia ella. Resultó ser una casita muy pequeña. Al entrar, solo había una anciana sentada junto al fuego. Ella se asustó al ver al muchacho y le preguntó: "¿De dónde vienes y a dónde vas?".

"Vengo del molino", respondió él, "y voy a llevar una carta a la Reina. Pero me perdí y me gustaría pasar aquí la noche".

"¡Pobre chico!", replicó la mujer. "Has llegado a una guarida de ladrones, y si vienen te matarán".

"Venga quien venga, no tengo miedo", contestó el muchacho. "Estoy tan cansado que no puedo dar un paso más". Y acostándose en un banco, se quedó dormido al instante.

Poco después llegaron los bandidos y preguntaron, enfadados, quién era el desconocido que dormía allí.

"¡Ay!", dijo la anciana, "es un niño inocente que se perdió en el bosque. Lo he acogido por compasión. Parece que lleva una carta para la Reina".

Los bandidos abrieron el sobre y leyeron la carta, que ordenaba matar al muchacho en cuanto llegara. A pesar de su corazón duro, los ladrones sintieron pena, y el jefe rompió la carta y la cambió por otra en la que ordenaba que, al llegar el muchacho, lo casaran con la hija del Rey.

Luego lo dejaron descansar tranquilamente en su banco hasta la mañana, y cuando se despertó, le dieron la carta y le mostraron el camino.

La Reina, al recibir y leer la carta, se apresuró a cumplir lo que se le pedía: organizó una boda magnífica, y la princesa se casó con el joven afortunado. Como el muchacho era guapo y agradable, su esposa vivía feliz y contenta con él.

Pasado un tiempo, el Rey regresó al palacio y vio que se había cumplido la predicción: el niño de la suerte se había casado con su hija. "¿Cómo pudo ser eso?", preguntó. "En mi carta daba una orden muy distinta".

Entonces la Reina le mostró la carta para que leyera él mismo lo que decía. El Rey leyó la carta y se dio cuenta de que había sido cambiada por otra. Entonces le preguntó al joven qué había pasado con el mensaje que le había confiado y por qué lo había sustituido por otro. "No sé nada", respondió el muchacho. "Debieron cambiármela durante la noche, mientras dormía en la casa del bosque".

"Esto no puede quedar así", dijo el Rey, enojado. "Quien quiera casarse con mi hija debe ir primero al infierno y traerme tres pelos de oro de la cabeza del diablo. Si lo haces, te quedarás con mi hija". El Rey esperaba librarse de él para siempre con ese encargo, pero el afortunado muchacho respondió: "Traeré los tres cabellos de oro. El diablo no me da miedo". Se despidió de su esposa y comenzó su viaje.

Su camino lo llevó a una gran ciudad. El guardia de la puerta le preguntó cuál era su oficio y qué sabía hacer. "Lo sé todo", contestó el muchacho.

"En ese caso, podrás hacernos un favor", dijo el guardia. "Explícanos por qué la fuente de la plaza, de la que antes salía vino, se ha secado y ni siquiera da agua". "Lo sabréis", afirmó el muchacho, "pero os lo diré cuando vuelva".

Siguió adelante y llegó a una segunda ciudad, donde el guardia de la muralla le preguntó lo mismo. "Lo sé todo", repitió el muchacho.

"Entonces puedes hacernos un favor. Dinos por qué un árbol que tenemos en la ciudad, que antes daba manzanas de oro, ahora no tiene ni hojas siquiera". "Lo sabréis", respondió él, "pero os lo diré cuando vuelva".

Continuando su camino, llegó a la orilla de un río ancho y profundo que tenía que cruzar. El barquero le preguntó qué oficio tenía y qué sabía. "Lo sé todo", respondió él.

"Siendo así, puedes hacerme un favor", continuó el barquero. "Dime por qué tengo que estar remando siempre de una orilla a otra sin que nadie venga a relevarme". "Lo sabrás", replicó el joven, "pero te lo diré cuando vuelva".

Cuando hubo cruzado el río, encontró la entrada del infierno. Todo estaba lleno de hollín. El diablo había salido, pero su ama estaba sentada en un sillón grande.

"¿Qué quieres?", le preguntó al muchacho, y no parecía enfadada. "Quisiera tres pelos de oro de la cabeza del diablo", le respondió él, "porque sin ellos no podré quedarme con mi esposa".

"Pides mucho", respondió la mujer. "Si viene el diablo y te encuentra aquí, lo pasarás muy mal. Pero me das pena; veré de ayudarte". Y, transformándolo en hormiga, le dijo: "Escóndete entre los pliegues de mi falda; aquí estarás seguro".

"Bueno", respondió él, "no está mal para empezar; pero es que, además, quiero saber tres cosas: por qué una fuente que antes daba vino se ha secado y no da ni siquiera agua; por qué un árbol que daba manzanas de oro ahora no tiene ni hojas, y por qué un barquero tiene que estar remando sin parar de una orilla a otra sin que nunca lo releven".

"Son preguntas muy difíciles de contestar", dijo la vieja, "pero tú quédate aquí tranquilo y callado y escucha atentamente lo que diga el diablo cuando yo le arranque los tres pelos de oro".

Al anochecer llegó el diablo a casa, y ya al entrar notó que el aire no era puro:

"Uno, dos, tres, huelo carne de burgués. Lo voy a descuartizar y con sus huesos hacer pan".

"¡Huelo, huelo a carne humana!", dijo. "Aquí pasa algo extraño". Y registró todos los rincones, buscando y rebuscando, pero no encontró nada.

El ama le regañó: "Yo vengo a barrer y arreglar; pero apenas llegas tú, lo revuelves todo. Siempre tienes la carne humana pegada en las narices. ¡Siéntate y cena, vamos!".

Comió y bebió, y como estaba cansado, puso la cabeza en el regazo del ama, pidiéndole que lo despiojara un poco. A los pocos minutos se durmió profundamente, resoplando y roncando. Entonces, la vieja le agarró un cabello de oro y, arrancándoselo, lo puso a un lado.

"¡Uy!", gritó el diablo, "¿qué estás haciendo?".

"He tenido un mal sueño", respondió la mujer, "y te he tirado de los pelos".

"¿Y qué has soñado?", preguntó el diablo. "He soñado que una fuente de una plaza de la que salía vino, se había secado y ni siquiera salía agua de ella. ¿Quién tiene la culpa?".

"¡Oh, si lo supieran!", contestó el diablo. "Hay un sapo debajo de una piedra de la fuente; si lo mataran, volvería a salir vino".

La vieja siguió despiojando al diablo hasta que lo vio nuevamente dormido, roncando de un modo que hacía vibrar los cristales de las ventanas. Entonces le arrancó el segundo cabello.

"¡Uy!, ¿qué haces?", gritó el diablo, montando en cólera.

"No lo tomes a mal", se excusó la vieja, "es que estaba soñando".

"¿Y qué has soñado ahora?".

"He soñado que en un cierto reino crecía un manzano que antes producía manzanas de oro, y, en cambio, ahora ni hojas echa. ¿A qué se deberá esto?".

"¡Ah, si lo supieran!", respondió el diablo. "En la raíz vive una rata que lo roe; si la mataran, el árbol volvería a dar manzanas de oro; pero si no la matan, el árbol se secará del todo. Mas déjame tranquilo con tus sueños; si vuelves a molestarme te daré un sopapo".

La mujer lo tranquilizó y siguió despiojándolo hasta que lo vio otra vez dormido y lo oyó roncar. Cogiéndole el tercer cabello, se lo arrancó de un tirón. El diablo se levantó de un salto, gritando y dispuesto a pegarle a la vieja; pero esta logró calmarlo por tercera vez, diciéndole: "¿Y qué puedo hacerle si tengo pesadillas?".

"¿Qué has soñado, pues?", volvió a preguntar, lleno de curiosidad.

"He visto un barquero que se quejaba de tener que estar siempre remando de una orilla a otra sin que nadie vaya a relevarlo. ¿Quién tiene la culpa?".

"¡Bah, el muy tonto!", respondió el diablo. "Si cuando alguien le pida que lo pase le pone el remo en la mano, el otro tendrá que remar y él quedará libre".

Teniendo ya el ama los tres cabellos de oro y habiéndole sacado las respuestas a las tres preguntas, dejó descansar en paz al viejo ogro, que no se despertó hasta la madrugada.

Cuando el diablo se hubo marchado, la vieja sacó la hormiga del pliegue de su falda y devolvió al hijo de la suerte su forma humana.

"Ahí tienes los tres cabellos de oro", le dijo, "y supongo que oíste lo que el diablo respondió a tus tres preguntas".

"Sí", replicó el muchacho, "lo he oído y no lo olvidaré".

"Ya tienes, pues, lo que querías, y puedes volverte".

Dando las gracias a la vieja por su ayuda, el muchacho salió del infierno muy contento por el éxito de su misión.

Al llegar al lugar donde estaba el barquero, este le pidió la respuesta prometida. "Primero pásame", dijo el muchacho, "y te diré de qué manera puedes librarte". Cuando estuvieron en la orilla opuesta, le transmitió el consejo del diablo: "Al primero que venga a pedirte que lo pases, ponle el remo en la mano".

Siguió su camino y llegó a la ciudad del árbol seco, donde le salió al encuentro el guardia a quien había prometido una respuesta. Le repitió las palabras del diablo: "Matad la rata que roe la raíz y volverá a dar manzanas de oro". El guardia se lo agradeció y le ofreció, como recompensa, dos asnos cargados de oro.

Finalmente, se presentó a las puertas de la otra ciudad, aquella en que se había secado la fuente, y le dijo al guardia lo que había oído al diablo: "Hay un sapo bajo una piedra de la fuente. Buscadlo y matadlo y volveréis a tener vino en abundancia". El guardia le dio las gracias y, con ellas, otros dos asnos cargados de oro.

Al final, el afortunado muchacho regresó al palacio junto a su esposa, que sintió una gran alegría al verlo de nuevo y a la que contó sus aventuras. Entregó al Rey los tres cabellos de oro del diablo, y al ver el monarca los cuatro asnos con sus cargas de oro, le dijo, muy contento: "Ya que has cumplido todas las condiciones, puedes quedarte con mi hija… Pero, querido yerno, dime de dónde has sacado tanto oro. ¡Es un tesoro inmenso!".

"He cruzado un río", le respondió el muchacho, "y lo he cogido de la orilla opuesta, donde hay oro en vez de arena".

"¿Y no podría yo ir a buscar un poco?", preguntó el Rey, que era muy codicioso.

"Todo el que queráis", dijo el joven. "En el río hay un barquero que os pasará, y en la otra orilla podréis llenar los sacos". El avaro rey se puso en camino sin perder tiempo, y al llegar al río le hizo señas al barquero para que lo pasara. El barquero lo subió a la barca y, antes de llegar a la orilla opuesta, poniéndole la pértiga en la mano, saltó a tierra.

Desde aquel día, el Rey tiene que estar remando; es el castigo por sus pecados.

"¿Y está remando todavía?".

"¡Claro que sí! Nadie ha ido a quitarle la pértiga de la mano".


 



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