LOS DOCE CAZADORES -26°-
LOS DOCE CAZADORES
Había una vez un príncipe que tenía una novia a la que amaba mucho. Estaba muy feliz con ella cuando le llegó la noticia de que su padre, el Rey, estaba muy enfermo y quería verlo por última vez antes de morir. Entonces el joven le dijo a su amada:
"Debo irme y dejarte; aquí tienes un anillo para que me recuerdes. Cuando sea rey, volveré por ti y te llevaré a mi palacio".
Montó a caballo y fue a ver a su padre. Cuando llegó, el Rey estaba a punto de morir. Le dijo:
"Hijo mío, quería verte antes de morir. Prométeme que te casarás con quien yo quiero". Y le nombró a una princesa que él había elegido para esposa.
El joven estaba tan triste que, sin pensar en nada, exclamó: "¡Sí, padre mío, haré lo que usted quiera!".
Y el Rey cerró los ojos y murió.
Cuando el príncipe se convirtió en rey y terminó el tiempo de luto, tuvo que cumplir la promesa que le había hecho a su padre. Envió a pedir la mano de la princesa elegida, y ella aceptó. Cuando su antigua novia se enteró, sintió tanta tristeza por la traición de su amado que estuvo a punto de morir.
Entonces su padre le dijo: "Hija querida, ¿por qué estás tan triste? Dime qué deseas y lo tendrás".
La muchacha pensó un momento y luego respondió: "Padre mío, deseo tener once muchachas que sean exactamente iguales a mí de cara, de figura y de estatura".
Y el Rey dijo: "Si es posible, tu deseo se cumplirá". Y mandó buscar por todo el reino hasta que encontraron once doncellas idénticas a su hija en todo.
Cuando llegaron al palacio de la princesa, ella mandó hacer doce trajes de cazador, todos iguales. Ella y las once muchachas se los pusieron. Luego se despidió de su padre y, montando todas a caballo, se dirigieron a la corte de su antiguo novio, a quien tanto amaba. Allí preguntó si necesitaban cazadores y le pidió al Rey que las contratara a las doce. El Rey las vio sin reconocerla, pero todas eran tan guapas y agradables que aceptó y las doce doncellas se convirtieron en los doce cazadores del Rey.
Pero el Rey tenía un león, un animal maravilloso que sabía todas las cosas ocultas y secretas. Una noche, el león le dijo al Rey:
"¿Crees que tienes doce cazadores, verdad?".
"Sí", respondió el Rey, "son doce cazadores".
El león continuó: "Te equivocas, son doce muchachas".
Y el Rey replicó: "No es verdad. ¿Cómo me lo pruebas?".
"Oh", respondió el animal, "solo tienes que esparcir guisantes en su antecámara. Los hombres caminan con paso firme, y cuando pisen los guisantes verás cómo no se mueve ni uno. En cambio, las mujeres caminan con pasitos cortos, dan saltitos y arrastran los pies, por lo que harán rodar todos los guisantes".
Al Rey le pareció buena idea y mandó esparcir guisantes por el suelo.
Pero un criado del Rey, que era amigo de los cazadores y oyó la prueba a la que iban a ser sometidos, fue a avisarles y les contó lo que pasaba.
"El león quiere demostrarle al Rey que sois muchachas", les dijo.
La princesa le dio las gracias y les dijo a sus compañeras: "Esfuércense y pisen fuerte sobre los guisantes".
A la mañana siguiente, cuando el Rey mandó llamar a los doce cazadores, al cruzar la antecámara donde estaban los guisantes, caminaron con un paso tan firme que ni uno solo se movió de su sitio ni rodó por el suelo. Cuando se fueron, el Rey le dijo al león: "Me has mentido, caminan como hombres".
Y el león replicó: "Sabían que iban a ser probadas y se esforzaron. Manda traer doce ruecas a la antecámara; verás cómo se alegran al verlas, cosa que un hombre no haría".
Al Rey le pareció buen consejo y mandó poner las ruecas en el vestíbulo.
Pero el criado amigo de los cazadores se apresuró a contarles la trampa, y la princesa les dijo a sus compañeras a solas: "Esfuércense y no miren las ruecas".
A la mañana, cuando el Rey mandó llamar a los doce cazadores, todos cruzaron la antecámara sin hacer el menor caso a las ruecas.
Y el Rey le repitió al león: "Me has mentido, son hombres, pues ni siquiera han mirado las ruecas".
A lo que el león replicó: "Sabían que ibas a probarlas y se han esforzado".
Pero el Rey se negó a seguir creyendo al león.
Los doce cazadores acompañaban constantemente al Rey en sus cacerías, y el Rey cada día les tenía más cariño. Sucedió que, estando un día de caza, llegó la noticia de que la prometida del Rey estaba a punto de llegar. Al oírlo, la verdadera novia sintió tanta pena que le dio un vuelco el corazón y cayó al suelo sin sentido. Pensando el Rey que le había ocurrido algo a su cazador favorito, corrió a ayudarla y le quitó el guante. Al ver en su dedo el anillo que un día le diera a su prometida, miró su rostro y la reconoció.
Emocionado, le dio un beso y, al abrir ella los ojos, le dijo: "Tú eres mía y yo soy tuyo, y nadie en el mundo puede cambiar esto".
Y, acto seguido, envió un mensajero para pedirle a la otra princesa que volviera a su país, ya que él ya tenía esposa, y quien ha encontrado la llave antigua no necesita una nueva. Se celebró la boda, y el león recuperó el favor del Rey, porque, al final, había dicho la verdad.

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