LAS TRES PLUMAS -25°-
LAS TRES PLUMAS
Había una vez un rey que tenía tres hijos. Dos eran listos y buenos, pero el tercero hablaba poco y era un poco tonto, por lo que lo llamaban El Lelo.
Como el Rey se sentía viejo y débil, pensó que debía decidir quién sería el rey después de su muerte, pero no sabía a cuál de sus hijos dejarle la corona.
Entonces les dijo: "Vayan y el que me traiga la alfombra más hermosa será rey cuando yo muera". Para que no hubiera problemas, los llevó delante del palacio, tiró tres plumas al aire, sopló sobre ellas y dijo: "Irán a donde vayan las plumas".
Una pluma voló hacia el este, otra hacia el oeste, y la tercera cayó al suelo, cerca de allí. Así, un hermano se fue a la izquierda, otro a la derecha, y los dos se rieron de El Lelo, que tuvo que quedarse donde cayó la tercera pluma.
El joven se sentó tristemente en el suelo, pero pronto vio que al lado de la pluma había una puerta escondida en el suelo. La levantó y apareció una escalera. Bajó por ella y llegó a otra puerta. Llamó y oyó que alguien gritaba desde dentro:
"Sapo verde y viejo, pata arrugada, cosa inútil de mujer: quiero ver ahora mismo a quien esté ahí fuera".
Se abrió la puerta y el príncipe vio un sapo gordo y grande, rodeado de muchos sapos más pequeños. El sapo gordo le preguntó qué quería, y el joven respondió: "Estoy buscando la alfombra más bella y fina del mundo". El sapo, dirigiéndose a uno de los pequeños, le dijo:
"Sapo verde y viejo, pata arrugada, cosa inútil de mujer: tráeme esa caja grande".
El sapo joven fue a buscar la caja. El gordo la abrió y sacó una alfombra tan hermosa y delicada que no se había tejido otra igual en toda la Tierra. Se la entregó al príncipe.
El joven le dio las gracias y volvió arriba. Los otros dos hermanos creían que el pequeño era tan tonto que nunca encontraría nada de valor.
"No necesitamos esforzarnos mucho", dijeron. Y a la primera pastora que encontraron le quitaron el pañolón viejo que llevaba en la espalda. Luego volvieron al palacio para mostrarle sus hallazgos a su padre, el Rey.
En ese mismo momento llegó El Lelo con su preciosa alfombra. Al verla, el Rey exclamó, admirado: "Si debo ser justo, el reino le pertenece al menor".
Pero los dos mayores molestaron a su padre, diciéndole que ese tonto no entendía las cosas, que no podía ser rey de ninguna manera, y le rogaron que les pusiera otra prueba.
Entonces el padre dijo: "Heredará el trono aquel de ustedes que me traiga el anillo más hermoso". Y saliendo con los tres, sopló de nuevo tres plumas que indicaron los caminos. Otra vez se fueron los dos mayores: uno hacia el este, otro hacia el oeste, y otra vez la pluma del tercero cayó junto a la puerta escondida en el suelo. Bajó de nuevo la escalera y se presentó al sapo gordo para decirle que necesitaba el anillo más hermoso del mundo. El sapo mandó que le trajeran la caja grande y, sacando un anillo brillante con muchas piedras preciosas, se lo dio al príncipe. Era tan hermoso que ningún joyero del mundo habría podido hacerlo igual.
Los dos mayores se burlaron de El Lelo, que pretendía encontrar el objeto pedido. Sin prisa, quitaron los clavos de un viejo aro de carreta y se lo llevaron al Rey. Pero cuando el menor llegó con su anillo de oro, el Rey tuvo que repetir: "El reino es suyo".
Pero los dos no dejaron de molestar a su padre hasta que consiguieron que pusiera una tercera condición: heredaría el trono aquel que trajera la doncella más hermosa. Volvió a tirar al aire las tres plumas, que tomaron las mismas direcciones de antes.
Nuevamente bajó El Lelo las escaleras, en busca del sapo gordo, y le dijo: "Ahora tengo que llevar al palacio a la doncella más hermosa del mundo".
"¡Caramba!", replicó el sapo. "¡La doncella más hermosa! No la tengo aquí, pero te la conseguiré". Y le dio una zanahoria vacía, de la que tiraban, como si fueran caballos, seis ratoncitos.
El Lelo le preguntó con tristeza: "¿Y qué hago yo con esto?".
Y el sapo le respondió: "Haz que uno de mis sapitos pequeños se suba a ella". El joven cogió al azar uno de los sapos y lo puso en la zanahoria amarilla. Pero apenas estuvo allí, se transformó en una bellísima doncella. La zanahoria se convirtió en una carroza y los seis ratoncitos en caballos. El Lelo besó a la muchacha, puso en marcha los caballos y se dirigió al encuentro del Rey.
Sus hermanos llegaron algo más tarde. No se habían molestado en buscar una mujer hermosa, sino que se llevaron a las primeras campesinas de buen parecer que encontraron.
Al verlas el Rey, exclamó: "El reino será, cuando yo muera, para el más joven".
Pero los mayores volvieron a molestar al anciano, gritando: "¡No podemos permitir que El Lelo sea rey!". Y exigieron que se diera preferencia a aquel cuya mujer fuera capaz de saltar a través de un aro colgado en el centro de la sala. Pensaban: "Las campesinas lo harán fácilmente, porque son fuertes; pero la delicada princesita se matará".
El viejo rey aceptó. Y así fue que saltaron las dos campesinas, pero eran tan pesadas y torpes que se cayeron y se rompieron brazos y piernas. Luego saltó la bella joven que trajo El Lelo y lo hizo con la ligereza de un corzo, por lo que ya no hubo más que discutir. Y El Lelo heredó la corona y reinó durante muchos años con prudencia y sabiduría.

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